CUENTO: Una parada inesperada

CUENTO BREVE

Los luminosos avisos en las pantallas gigantes cubrían todos los edificios. La publicidad a su máxima expresión, productos y servicios, noticias, bolsa de valores, restaurantes, museos, cines. Remigio vagaba aturdido en medio de tantas luces, que al hacerse blancas daban un aspecto diurno a la noctámbula Times Square. A pesar de lo próximo de la madrugada, multitudes transitaban las calles a un ritmo vertiginoso al que él no estaba acostumbrado. Lo encajonaban, lo llevaban a la deriva como un tronco en un caudaloso rio humano y que por poco lo lanzaban hacia un torbellino de autos reprimidos. Trataba de serenarse, tenía todas las instrucciones en un papel que había recibido por un medio en vías de extinción, una carta por correo aéreo.
“Llegada al Aeropuerto John F. Kennedy, desembarcar, pasar aduanas, recoger equipaje, tomar el tren aéreo hacia estación de metro A, tomar metro A y bajar en la estación de la calle 42 (Port Authority), buscar la puerta 67 desde donde un bus lo llevaría a Worcester en Massachusetts. Allí lo esperaba una casa que fue de un tío que no vio desde niño y que cubierto de propiedades moría solitario y esa casa era lo único que quedaba a nombre de Remigio. Había tomado la herencia como un último salvavidas, en su país había perdido su negocio, su matrimonio, sus hijos, todo. Una depresión galopante lo estaba aniquilando, este milagroso escape llegaba justo a tiempo. Todo había trascurrido bien, fue ayudado en su travesía por gentiles portuarios, muchos de ellos hablaban su idioma. Todo un mecanismo de sincronía hasta que llegó a la puerta 67.

Tenía su pasaje comprado desde hace dos semanas, hace la línea y cuando aún faltaban subir quince personas el chofer impertérrito dice: “Hasta aquí nomas, el resto espere por el siguiente a las cinco de la mañana”. La genta protesta, insulta y el chofer se retira a su bus desdeñosamente y encogiendo los hombros. Remigio trata de protestar en la agencia y le dicen lo mismo, la idea de un país sincronizado como un reloj se derrumbó: “En todas partes se cuecen habas”-pensó.

Se dedicó a recorrer la estación subterránea pululada por pasajeros apurados, policías, vendedores, músicos callejeros, mendigos de mirada opaca y alcohólicos en la última etapa de degradación humana. Tiene siete largas horas de espera, siente hambre, todo está cerrado allí abajo, sube los tres niveles hasta la calle. Y allí estaba en medio del tumulto tratando de insertarse en un mundo muy diferente a su natal Cusco. Solamente en una cuadra observa tipos de diversas razas, que hablan además del inglés otras lenguas que no logra exorcizar. Ingresa a un repleto restaurante de comida rápida y tras larga espera consigue ordenar un sándwich, un café y papas fritas, come despacio sentado, mirando, asimilando. Ve pasar a muchas personas algunas vestidas convencionalmente y las más completamente informales. De pronto ingresan dos jóvenes de prendas muy ceñidas y las aceradas miradas masculinas son atraídas por el magneto de las féminas, Remigio incluido. Se sientan cerca de él, es imposible dejar de mirarlas.

-¿Se le perdió algo amigo?
-No…
-¿Entonces que mira tan insistente?
-Su belleza señorita y disculpe mi impertinencia- arriesga sinceramente.
La joven lo mira diferente: “¿Haciendo trasbordo?”
-Si, y del todo, esta maleta carga el comienzo de mi vida de aquí en adelante.
-¿En qué viajarás?
-En bus, perdí el de las diez tengo que esperar hasta las cinco.
-¿Qué vas a hacer?
-Esperar aquí.
-No quieres más bien tomar una copa acá cerca- habla con su amiga se despide, tiende la mano a Remigio, imposible resistirse.

Toman un ron-me llamo Ciara, Remigio a tus órdenes-, dos rones el calorcito en el estómago- tu mirada me hipnotiza-, tres rones-eres bellísima- y tu muy interesante-, cuatro rones- sabías que hay una teoría que dice que todo ser humano debe atravesar inexorablemente algún tipo de dolor inconmensurable, sin excepción-. Un susurro al oído, un beso tibio suave, caminando a un motel cercano, un cuarto a media luz, una cama, una mesa, una silla, un televisor y un refrigerador pequeño. Un vestido que prácticamente salta de lo apretado que estaba y un pantalón, una camisa que descansan el viaje de más de un día. Dos cuerpos conociéndose, entrelazándose, apasionándose.

La luz de neón se filtra a través de las persianas e ilumina los ansiosos rostros de una joven de futuro incierto y de un hombre con un pasado destructivo. Ella pensando en hacer algún dinero extra y él en un bálsamo que alivie la herida que piensa que jamás cerrará. El calor estival, las sábanas caen al suelo, las horas pasan placenteras, el sueño vence. Remigio se despierta a las cuatro y media, ella duerme profundamente, se viste, la besa en la frente y deja unos billetes y un número telefónico en la mesa de noche, mira una vez mas a la muchacha, la perfección de su cuerpo desnudo y sale hacia la estación.
Pablo Perleche
pablodperleche@aol.com

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