CUENTO: Recuerdos de una noche de nieve

CUENTO

Recuerdos de una noche de nieve

No hay nada más grato que contar cuentos a un nieto de nueve años, tengo alguna facilidad para esto y él siempre esperaba puntual por uno nuevo. Especialmente noches como esta de invierno, en que un metro de nieve hace las calles intransitables. Arturito me pidió que le contara acerca del Perú antes de que me viniera a vivir a Massachusetts en los Estados Unidos.

-¿Qué te interesaría más hijito?

-Tus aventuras abuelito, pero las que pasaron de verdad.

-Vamos a ver– dije para hacer tiempo.

Pero no encontraba aventuras al estilo de Hollywood que eran de seguro las que él quería escuchar. Mi niñez y adolescencia las pasé a la sombra de una dictadura militar y mi juventud y los primeros años de mi adultez bajo dos gobiernos democráticos, el primero incompetente y el segundo el más corrupto de la historia del país. Asuntos para el olvido más que para el recuerdo. En ese preciso momento se fue la electricidad, fue una coincidencia que activó violentamente el gatillo de los recuerdos. La familia se había reunido en torno a las brasas en la chimenea. El color naranja fosforescente era la única luz que iluminaba, los leños incandescentes ardían emanando un calor profundo, todos los objetos de la sala se reflejaban danzando en las paredes y en el techo. Mientras esperábamos el regreso de la luz, los recuerdos estancados en las lagunas olvidadas de mi memoria encontraban un afluente hacia las palabras.

-¿Ya abuelito, en qué piensas tanto?

-Ordenando las ideas hijito. De niño y adolecente no me pasó nada interesante, lo normal. Pero durante mis estudios en la universidad, que coincidieron con toda la era del terror, me están viniendo muchos recuerdos que creo te interesarán.

-¿Qué es la era del terror abuelito?

-Un tiempo muy malo en el Perú de hace cuarenta años, donde un pequeño pero bien organizado grupo de malas personas hicieron que millones de otras personas vivieran con mucho miedo por diez años.

-¡Cuenta por favor!

-Hay mucho por contar, pero la que más persiste en mí es un encuentro que viví en la Cordillera de los Andes.

-¡Cuenta abuelito ǃ

-Ok hijito, allí vamos, todo comenzó el invierno de 1981 cuando tuvimos que viajar de Lima a Huancayo para unas prácticas con los ganados de la región, vacas y ovejas. El viaje lo hicimos en un tren que atravesó la Cordillera de los Andes, unas montañas que tienen más de cinco kilómetros de altura. Como el tren no podía ir en línea recta subía las montañas en zigzag, o sea que las rieles eran como gigantescas letras zetas, al mirar por la ventana a veces íbamos para adelante y a veces para atrás. Pasamos los puentes más altos del mundo, así como la estación de tren más alta a casi cinco mil metros de altura. Allí hicimos una parada y aprovechamos para caminar y correr sobre la nieve, al rato nos dimos cuenta que teníamos las uñas de un color morado por estar bajos los niveles de oxígeno en la atmosfera y por lo tanto en nuestra sangre.

Cuando al fin cruzamos las montañas llegamos al Valle del Mantaro, este es un rio que corre entre las ciudades de Jauja y Huancayo. Nos instalamos en un instituto que ofrecía investigación de animales en la altura y diariamente practicábamos en los establos con las vacas y en las montañas con las ovejas pues estas comen pastos que crecen abundantes entre los valles.

Por este tiempo también ya había comenzado el terror en todo el país. Individuos fanáticos y dementes, o sea locos de atar, hacían explotar bombas en edificios del gobierno y privados, disparaban a matar a las autoridades y a los profesionales en lugares apartados. También con explosivos derribaban las enormes torres que llevaban electricidad a las ciudades dejándolas a oscuras a veces por muchos días.

-Así como estamos ahorita.

-Sí, pero aquí es por la naturaleza y muy raro, allá era seguido y a propósito. Por eso en las prácticas temíamos que nos atacaran. Entre Jauja y Huancayo había una distancia de cincuenta kilómetros que se recorría en una hora en auto y había muchos lugares donde podrían emboscarnos, sobre todo cuando dejábamos la ruta principal y nos internábamos entre los montañosos valles secundarios.

Los soldados del ejército patrullaban los caminos, muchas veces paraban el camión donde viajaba con mis quince colegas y siempre nos acompañaba un empleado del lugar con pases especiales. Justo esa mañana había sido repelido un ataque que buscaba destruir una importante fábrica de productos lácteos con el saldo de dos vigilantes y tres terroristas muertos, solo un terrorista había podido escapar herido y era buscado intensamente.

Desde que llegamos había llovido todas las noches, cuando al fin hubo una noche despejada regresábamos de una velada en Jauja. El camión nos dejó a la entrada de la instalación ya que por haber mucha agua y barro se hubiera atascado, teníamos que caminar casi un kilómetro. Mientras nos acercábamos a la estación, miramos al cielo y vimos tantas estrellas que no cabía un espacio vacío en el cielo, muy diferente al cielo nocturno de Lima, donde debido a los millones de luces artificiales no se ve más que un cielo gris y sin vida. Con chiquillo Medina y el flaco Monge que eran del área, nos rezagamos observando el firmamento que asemejaba a un gigantesco terciopelo negro engarzado de innumerables perlas. Tratábamos de unir constelaciones, ver cúmulos globulares y esa agrupación de decenas de miles de millones de estrellas que va de Este a Oeste, tan juntas que parecen leche derramada y de allí su nombre, Vía Láctea.

-¡No se muevan o los quemo!- La orden venía de un costado del camino, desde los maizales, volteamos y vimos que un hombre sentado entre las plantas de maíz nos apuntaba con un revólver. -¡Acérquenseǃ ¿Ustedes son doctores y eso que está adelante es un centro médico?- nos preguntó haciendo esfuerzo y con una tos líquida.

Monge el mayor de nosotros respondió calmado.

-Sí, pero de animales.

-¡No importa, cúrenme o los quemoǃ

-Me permite -dijo Monge- y extrajo una pequeña linterna a baterías, el hombre se dejó examinar, pero sin dejar de apuntarnos. Debido a la oscuridad y a que tenía ropas también oscuras no habíamos distinguido la sangre coagulada en su abdomen y sus pantalones. -Estás muy mal, has perdido mucha sangre, tienes que ir a un hospital ahora mismo.

-¡Nada de hospitales, cúrenme ustedes mismos ǃ

-¡Mira estas muy mal, tu única chance es el hospital y esoǃ

El hombre apelaba a todas sus fuerzas para apuntarnos, no pasaba de los veinticinco años y no parecía agricultor o granjero. -¡Carajo ya no siento mis piernas, ni siquiera siento el frío que me molestaba tanto ǃ-  el arma se le escurrió de la mano y él cayó de costado.

-¡Abuelito hubieran llamado por celular a una ambulanciaǃ

-Hijito en ese entonces los celulares solo se veían en las películas de ciencia ficción y hasta que llegara una ambulancia hubiera pasado por lo menos una hora.

-¡Voy corriendo a buscar ayudaǃ- dijo chiquillo Medina.

-Anda -dijo Monge- que llamen por la radio, nosotros nos quedamos a acompañarlo -luego en voz baja que solo yo pude oír dijo- solo le quedan unos minutos de vida.

Cuando chiquillo Medina se fue lo miramos detenidamente, su palidez era extrema, ya no podía moverse y parecía que toda la vida se resumía en su rostro.

-Eres el que están buscando, el del atentado- dijo Monge.

El joven asintió con una mueca de desdén y de dolor.

-¿Por qué te uniste con el terror? No van a conseguir nada, la gente no aprueba sus bestiales métodos.

-Tenemos que cambiar la pobreza y la opresión- dijo casi con un susurro.

-Con sus métodos nos van a hundir más en ellas y ustedes van a ser los primeros en fregarse ¡mira como has acabadoǃ

El hombre convulsionó y parecía que moría, pero aún le quedaba vida y esta se refugiaba ya solo en sus ojos.

-Con seguridad fuiste cristiano antes de meterte en todo esto -dijo Monge y mirándome continuó- reza algo Arturo, tú que lo haces aún, yo ya me olvidé-. A mí también hacía tiempo que el fervor se me había entibiado. Le tomé la helada mano y le dije -¿quieres rezar conmigo? pestañea si lo deseas- pestañó dos veces, entonces apelando lo mejor que pude a mis recuerdos recé para él, que ya no podía hablar: Señor Jesús perdona los pecados de esta tu criatura que yace moribunda y recibe su último suspiro que reverente se une al tuyo y deja este mundo con el libre uso de su inteligencia y te ofrece sus dolores y agonía de muerte y que el último latido de su corazón sea un acto de amor puro hacia Ti.

Monge le alumbraba el rostro indirectamente y vimos como esbozaba una sonrisa de tranquilidad, me apretó la mano muy débilmente, con su última fuerza, y expiró. Alrededor nuestro la luz fantasmal de las estrellas resaltaban la oscuridad, ésta, el cantar de los grillos y una fría brisa que movían los maizales fueron testigos de su muerte.

-¿Tuviste miedo abuelito?

-Sí, el que diga que no tiene miedo cuando es apuntado por un revólver es un gran mentiroso.

-¿Y qué pasó después?

-Al hombre lo recogieron los soldados, salió luego en las noticias, un estudiante que fue seducido por unas ideas fanáticas y dementes.

En eso regresó la electricidad y la familia volvió a su rutina y Arturito se fue a dormir. Mientras me preparaba un café se acercó mi nuera.

-Señor ¿eso pasó en realidad?

-El terror fue real hija, muy real.
Pablo D. Perleche
pablodperlech@aol.com
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