LITERATURA: Tarapacá, una victoria inesperada

Cuento Histórico: Tarapacá, una victoria inesperada

El sol calcinaba el desierto rocoso, no había ninguna señal de vida en la larga ruta de retirada del derrotado ejército aliado. La sed y el hambre apremiaban a los soldados, la mitad de los tres mil hombres no tenían zapatos y el resto los tenía casi destrozados tras cientos de millas de marchas forzadas.

El enemigo chileno había hundido nuestra flota marítima, que se resumía a un solo barco, el Huáscar y que había evitado la invasión por más de seis meses. Ahora sin resistencia naval habían invadido nuestro territorio peruano en Pisagua, plaza que ofreció heroica pero inútil defensa ante una poderosa flota invasora, que desembarcó diez mil soldados bien armados y equipados. Con nuestros aliados bolivianos no teníamos otro medio de transporte que caminar a través del lugar más caliente del planeta y donde la cantidad de lluvia que cae al año es casi nula.

El desgarrado ejército acampó en una hondonada y más que un campamento parecía un cementerio de muertos vivientes, que dormían un sueño intranquilo, para tratar de escapar de la pesadilla real que los envolvía. Contemplaba a mis camaradas desde una pequeña elevación cuando sentí que alguien se me acercaba, al voltear vi al coronel Andrés Avelino Cáceres que me dirigió la palabra.

- ¿Quién eres amigo?

- Daniel Peralta, mi coronel.

- ¿De qué unidad?

-No tengo unidad mi coronel. Llegué hace unos días y me incorporé al ejército que asediaba San Francisco, peleé al lado del comandante Espinar, que murió heroicamente, llegamos hasta el pie de los cañones enemigos y causamos muchos muertos al enemigo, trescientos según estimo, pero fuimos repelidos. Para colmo el grueso del ejército boliviano de tres mil hombres desertaron y están rumbo a su patria, estamos solos coronel.

-Sí, este ejército combinado de soldados bolivianos y peruanos no es profesional, en su mayoría son voluntarios que se han ido reuniendo, así como usted, para detener a estos invasores. Pero ¿quién eres? ¿de dónde vienes?

-Soy escritor mi coronel y soy sobreviviente del Huáscar, que fue capturado por los chilenos en Angamos. Me había unido al gran monitor y a su gran almirante Grau cuando el buque hizo una parada para abastecerse de agua. Fui testigo del gran heroísmo del almirante y sus hombres que con un solo navío enfrentaron a muchos barcos enemigos superiores en armamentos y no se rindieron. Una explosión cercana me envió fuera de la borda y llegué sobre un despojo a la costa, donde unos pescadores bolivianos me ayudaron a adentrarme en el territorio y me dirigieron hasta aquí.

-Una historia fascinante, ojalá puedas escribirla para dar testimonio del valor de esos héroes.

-Eso mismo me dijo el almirante Grau mi coronel. Me pregunto si aún tenemos esperanzas de contener al enemigo.

-Ya no Daniel, en San Francisco perdimos la última oportunidad de hacer algo importante, de ahora en adelante será defendernos y pelear en las grandes ciudades, unas batallas ya perdidas de antemano y al final pelear guerras de escaramuzas en acciones sorpresivas, no podremos ya dar combate en campo abierto. Tenemos un mal gobierno y los ricos solo piensan en sus ganancias, son frívolos, los únicos que defenderemos el país seremos nosotros los cholos, los zambos, los criollos.

-Pero el coronel Alfonso Ugarte es millonario y ha armado una compañía con su fortuna.

-Son la excepción a la regla, pero si discúlpame, el color de la piel no hace al patriota sino el tamaño de su amor a la patria. El ministro de hacienda Quimber quiso poner un impuesto a los ricos hacendados de las azucareras del norte para comprar armas y estos lo hicieron encarcelar.

-Suena a traición.

-Si lo es, así como lo es la actitud del enemigo sureño cuyos motivos para invadirnos es apropiarse de nuestra riqueza de fertilizantes y venderla a Gran Bretaña y así poder armarse más y dominar militarmente la región.

-Debemos defender la patria hasta lo último.

-Lo haremos, pero sin buques de guerra, sin ferrocarriles, sin cañones y ni siquiera fusiles y municiones en cantidad suficiente, será una guerra de escaramuzas. Ellos pueden desembarcar a lo largo de los dos mil quinientos kilómetros de nuestras costas y no podemos evitarlo, pero pelearemos mientras Dios nos de aliento, pelearemos hasta el final.

-¡Sí mi coronel!

-Descansa algo, siento que nos siguen y saben que estamos cansados, sin moral y nos quieren rematar, duerme algo.

-A los dos días llegamos a la ciudad de Tarapacá. El 27 de noviembre de 1879 vimos a los exploradores chilenos que ya nos observaban desde las alturas.

El coronel Cáceres sin esperar órdenes de nadie dispuso subir a los batallones Zepita y al Dos de Mayo a una elevación superior, para que no nos mataran como conejos en la madriguera, sin pensarlo me uní a ellos. El enemigo al darse cuenta nos disparó con todo lo que tenía, pero a pesar de sufrir bajas llegamos hasta la cumbre, harapientos, sin armamento adecuado, sin cañones y casi sin municiones y cual volcán que arroja lava incandescente nos lanzamos sobre el engreído enemigo que ya se creía vencedor. Las fuerzas numéricas eran casi parejas pero la diferencia en equipo y uniforme parecía que un ejército de fantasmas desarrapados se abalanzaba sobre un ejército de señoritos que iban a un baile. Ni las constantes andanadas de cañonazos, ni los disparos de fusilería a discreción nos detenían. Disparábamos, pero sin detenernos, a mi lado caían varios compañeros para no levantarse más, pero seguimos, ya sin balas cargamos a bayoneta ¡qué choque el de los ejércitos! ¡qué de insultos y gritos de agonía! Mi bayoneta estaba roja de sangre de tanto reventar los invictos uniformes.

El enemigo esperaba de todo menos esto. El segundo combate se dio en la misma ciudad donde un grupo de guardias civiles al mando del coronel Ríos destrozaba al Segundo Regimiento de Línea chileno y el guardia Mariano Santos les arrebata su estandarte. El enemigo huye despavorido dejando sus cañones, municiones y más de quinientos muertos, entre ellos oficiales de alta graduación. Incluso llegamos a dispararles con sus propios cañones, muchos se rindieron en el acto.

Cuando pasó el efecto de la euforia nos sentíamos tan cansados por el desgaste de semanas, pero con una moral alta.

-¡Coronel ganamos bien, debemos seguirlos, destruirlos!

-Daniel, hijo, deberíamos, pero no podemos, no tenemos armamento, ni comida, ni logística, ni nada. Lo único bueno es que salvamos este resto de ejército. Si los seguimos por el desierto moriremos de sed y hambre y sus enormes refuerzos que suben desde la costa destrozarán lo que quede de nosotros. Debemos ir a Arica, unirnos con el resto del ejército y resistir una y otra vez. Dios esté con nosotros y rápido tenemos que partir de inmediato.

-Pero coronel ¿y los muertos y heridos?

-Nos llevamos nuestros heridos, sino los chilenos los rematarán al llegar, es su costumbre al guerrear, sus heridos los dejaremos en la ciudad al cuidado de civiles, suerte para ellos que respetamos las reglas de honor de la guerra, los prisioneros si vienen con nosotros.

-¿Y los muertos?

-No hay tierra en estas rocas para cubrirlos, ni tiempo para hacerlo. Dios y ellos nos perdonen, necesitamos vivir para enfrentar a los numerosos enemigos que vienen y ya deben estar cerca.

-¡En marcha!

-Nos pusimos en rumbo a Arica, territorio peruano aun no capturado y constantemente mirábamos para atrás esperando ver al enemigo furioso que nos seguiría a tomar revancha de sus tantos muertos y su deshonra.

Cuando avistamos Arica un soldado a mi lado grito: “¡Llegamos!”

-Si amigo y allí resistiremos.

-No nos ganarán, ya tengo ganas de abrazar a mis hijos que me esperan, a mi esposa, a mi campiña que fértil es, aquí solo hay rocas.

-¿Cómo te llamas amigo?

-Miguel Pacheco.

-Miguel amigo, si solo hay rocas y salitre y guano que en el mercado internacional se cotizan a millones de libras esterlinas. Es por eso por lo que los chilenos quieren esta parte de nuestra tierra que no es fértil en agricultura, pero si en minería y fertilizante, nuestra patria es grande y rica.

- ¡Y la defenderemos hasta el último!

-Si Miguel hasta el último— Daniel pensaba en ese ejercicio de retórica que le dio Miguel, ¿último qué? último cartucho, último fusil, último chileno, último hombre, último suspiro. Ajustó su cinturón y se apresuró a entrar en la ciudad de Arica que con su inmenso morro estaba llamada a dar épica batalla.
Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com
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