CUENTO BREVE: Que tengas un pronto regreso

La primera vez que lo vi fue a través de la ventana del bus de Greyhound. Agitaba su boleto mientras corría con el pesado morral a la espalda. Intercedí ante el chofer que a regañadientes se detuvo. Una vez a bordo ocupó un asiento contiguo al mío.

-Gracias amigo, si perdía este bus iba a estar en problemas con mi trabajo en New York.

-¿Trabaja en New York?

-Si toda la semana, viajo el lunes y regreso el viernes, los fines de semana estoy en mi casa, es solo por tres meses, mi esposa y mis dos hijitas están aquí en Hartford. ¿Y usted va para New York también?

-Si estoy siguiendo una maestría, dos veces por semana, lunes y viernes.

-¿Y trabaja en Hartford?

-Si, la maestría es por el trabajo, estoy en el último semestre, me gradúo en mayo.

-Entonces de seguro que compartiremos el bus.

Así fue como conocí a Juan que contaba veintiocho años, había llegado proveniente de Guatemala hacía seis años, laboraba como maestro de albañilería y ahora se encontraba trabajando en uno más de los rascacielos de la Capital del Mundo. Había llegado indocumentado, pero ya estaba por regularizar su situación. Me contó también cómo a base de esfuerzo había revalidado sus estudios secundarios y ahora estaba estudiando cursos en la red para administrar una pequeña empresa. Coincidíamos en los viajes a veces los lunes, a veces los viernes, pues el bus que tomábamos era el único que hacía la ruta Hartford-New York. Después de un tiempo, cuando supo que yo estaba siguiendo un curso de escritura creativa se animó a pedirme que le diera una ojeada a los ensayos que le pedían en sus cursos en línea, lo cual acepté de buena gana.

El viajero constante de Hartford a New York prefería viajar en bus por la economía, más aún si se era estudiante y se compraba los boletos en paquete y por la red. El viaje demoraba en promedio dos horas y media o un máximo de tres si había mucho tráfico. El tren era más rápido, pero en el mejor de los casos era cuatro veces más oneroso. Yo estudiaba en la parte baja de Manhattan y Juan trabajaba en una nueva construcción no lejos de mi centro de estudios.

Cuando no estaba muy atareado con repasar mis lecturas en el bus, me daba el tiempo de leer los ensayos de Juan. Me asombró ver su esfuerzo, ya que sin instrucción superior tenía un sexto sentido para en la mayoría de las veces darse cuenta del meollo del asunto. A veces le hacía unas sugerencias, más que todo de forma, las que aceptaba entusiasta y las incluía con un gesto de aprobación.

Al mismo tiempo intercalaba situaciones de su vida, de su lucha por sobresalir en un medio que le dio duros momentos sobre todo en lo de su situación migratoria, por lo que tuvo que ingeniarse maneras de trabajar sin documentos. Trabajar no solo para mantener a su joven familia en los Estados Unidos, sino para enviar algo a sus padres y hermanos en Guatemala y eso pese a ganar un salario un poco más del mínimo y trabajar dos turnos. Él sabía que siendo ya legal podría acceder a toda una gama de posibilidades de progreso donde dependería ya solo de su ingenio y de sus fuerzas. Me conmovió cuando me dijo que su hijita mayor de cinco años lo despedía los lunes diciéndole: papito que tengas un pronto regreso.

Cuando me preguntó por mis estudios le dije de que cursaba una maestría en escritura de español creativo, que serviría para mejorar mi condición en la casa editorial donde trabajaba y donde pensaba secretamente también poder publicar, pues a mi manera de ver la invención de mundos a través de la literatura es lo mejor que tenía la humanidad para curar sus heridas. Cuando me preguntaba por mi casi medio siglo de existencia, le decía que si, que era un poco bravo estudiar en un salón de clases con diecisiete jóvenes de diversas naciones latinoamericanas y de España y que no llegaban a los treinta años, pero me las ingeniaba. Le decía que era una experiencia única y que estaba muy agradecido de poder vivirla y era un privilegio que me enseñaran renombrados escritores.

A veces reflexionaba sobre Juan como un ejemplo de los más de los once millones de inmigrantes latinoamericanos que habían cruzado ilegalmente la frontera. Cruce en el que arriesgaban incluso la vida para mejorar su economía, ya que las opciones que les brindaban sus países de origen eran muy escasas. La mayoría de estos inmigrantes venían verdaderamente a trabajar y engrandecer, en la medida de sus posibilidades, al país que les brindaba esa oportunidad y del cual esperaban, en el fondo de sus corazones, que los dejara regularizar su condición migratoria. Yo había tenido la suerte de venir legalmente gracias a un familiar y si pase dificultades no fueron tan fuertes. Por eso veía la vida de cada inmigrante, sobre todo el indocumentado, como una novela que, si bien se repetía en las condiciones adversas de vivirlas, poseían el valor de sobreponerse a todo trance y cada recompensa obtenida a base de sacrificio era única y ejemplar.

Ya faltando tres semanas para que acabara mi semestre, se iba a realizar un homenaje a Rigoberta Menchú en el auditorio de la Universidad. Juan se entusiasmó y me aseguró que iría el viernes del homenaje, que era de noche y no interferiría con su trabajo. Quedamos en encontrarnos en la entrada del auditorio. Lo esperé hasta ya comenzada la charla, pero Juan no llegó, lo llamé y no respondió. La premio Nobel dio una charla magistral acerca de la historia de los derechos humanos de sus compatriotas guatemaltecos: los indígenas y los campesinos. Derechos que no fueron respetados por siglos y que aún en la actualidad falta mucho por hacer. La inmigración en grandes flujos de personas a Estados Unidos lo refleja, más de un millón de guatemaltecos viven actualmente en este país, comparados con los dieciséis millones que viven en el país centroamericano. Al terminar la presentación Juan no apareció.

Lo más raro fue que no vi a Juan en la semana siguiente y no respondió a un par de llamadas y mensajes que le envié. Al terminar mi clase y ya en el autobús insistí una vez más y me respondió la voz de una joven, al identificarme ocurrió un silencio breve y luego sollozos muy sentidos. Entre las entrecortadas palabras que escuché de la esposa de Juan me enteré de que, el día previo a la charla de Menchú, habiendo marcado tarjeta de salida en la constructora y cuando se dirigía por su morral, una estructura, donde se ponía todo el material sobrante de la edificación, había colapsado y caído sobre Juan y otros trabajadores. Un bloque inmenso de concreto cayendo de lo alto le había dado en la cabeza, su muerte fue instantánea. Traté de improvisar un par de palabras de consuelo y le aseguré que estaría para el funeral.

Mientras el bus recorría la Gran Manzana los millones de luces de la ciudad parecían diferentes, había algo que las deformaba, que les daba una consistencia casi líquida. Cuando el chofer por fin apagó las luces interiores me enjugué las lágrimas que hacía rato que pugnaban por caer de mis ojos.
Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com
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