Cuento Breve: “Pónganle mi nombre a su primer hijo varón”

Sabía que le quedaba poco tiempo de vida, quizás minutos. Los proyectiles de mortero explotaban cerca y los impactos de metralla sacaban pedazos de ladrillos de la pared en la que se cobijaba con dos combatientes. Guillermo aguardaba con su fusil la oportunidad para poder responder el fuego, con las escasas balas que aún le quedaban en el cargador.
Dicen que cuando se está cerca de la muerte la vida entera desfila a velocidad de vértigo por la mente. Eso experimentaba Guillermo en ese momento que peleaba por los kurdos contra los terroristas de ISIS en Irak. Había llegado allí por idealista, tras leer el artículo acerca de Maximiliano Mattioli, un argentino que viviendo en España dejó todo para ir a pelear contra ISIS que ya había tomado extensas regiones de Irak y Siria. Maximiliano había pertenecido a Legión Extranjera Francesa y con ese conocimiento militar ayudaba a los kurdos en Irak. En esta guerra muchos extranjeros occidentales que venían por su propia cuenta habían dado su vida luchando contra los terroristas.
Guillermo había nacido en Italia y es de padres peruanos que habían emigrado escapando de la insania terrorista de Sendero Luminoso y la corrupción desenfrenada del APRA. Sus padres lo habían inscrito como peruano y ahora ya mayor de edad contaba con doble nacionalidad. Se había criado en Asís, la tierra de Francisco, el santo más renombrado de la catolicidad. Guillermo había crecido en ese ambiente de montaña de cielos azulísimos, de parcelas de campo coloridas, de cipreses italianos rectos y delgados como gigantescas puntas de lanza apuntado al cielo y en cada colina un castillo o ruina de un pasado milenario de ensueño, pero sobre todo la tierra donde San Francisco hacía ocho siglos había comenzado la misión encomendada de reconstruir la Iglesia. Guillermo se había recibido de abogado y destacaba por defender casos que sus colegas no tomaban por no ser rentables, estos preferían defender mafiosos o pelear mercenariamente por casos de accidente o mala práctica.
No había tenido hermanos, su madre había fallecido de cáncer y su padre la había seguido al año de un infarto, causado por la ausencia de ella. Vivía en una buhardilla y llevaba una vida frugal mientras sus colegas se mudaban cada vez a barrios más suntuosos. Sus amigos eran escasos y su vida sentimental se limitaba a una sola joven, con la que acababa de terminar luego de un desafortunado malentendido. Sus palabras aún le resonaban pese a los meses que habían pasado ya, “Esto acaba…y acaba esta noche”. Nunca tuvo tiempo de aclarar la situación, no se lo dieron, aunque esto no pudo evitar que ella se convirtiera en parte de su alma, para siempre. Fue cuando se enteró de la aventura del argentino y se dijo ¿por qué no? Averiguó todo lo necesario para su traslado al frente. Antes de partir dejó sus escasas pertenecías a su párroco Tommaso, su amigo de muchos años.
Al llegar a Irak fue provisto de un fusil semiautomático, tres cargadores y dos granadas. Por su juventud y experiencia de reservista del ejército italiano fue enviado de inmediato al frente. Las fuerzas aliadas occidentales no participaban activamente en la guerra, pero suplían de armamento a los rebeldes kurdos que enfrentaban heroicamente a los terroristas de ISIS. Guillermo vio en las rápidas contraofensivas la devastación causada por la furia fundamentalista sin sentido en centenas de cadáveres de mujeres, hombres y niños. Igualmente, ciudades, iglesias y monumentos históricos milenarios arrasados e incluso dinamitados para no dejar piedra sobre piedra. A veces por más que querían defender el terreno, apenas recuperado, eran obligados a retirarse ante un nuevo ataque donde eran superados en número de combatientes y poderío de armamento. ISIS conseguía su logística por el saqueo en Siria e Irak, países donde el gobierno no tenía control del territorio y con esto compraban armamento en el mercado negro, paradójicamente armamento de los aliados y de cualquier país, pues al traficante de armas no le importa quien muera sino el dinero que entra a sus bolsillos. Los kurdos peleaban hasta lo último, pues defendían sus casas, sus familias, sus granjas. Los soldados regulares de Irak y Siria no ponían el mismo empeño en vencer a los terroristas de ISIS.
Guillermo y su pelotón recibieron la misión de evacuar en un camión una pequeña aldea donde quedaban algunas familias y que podría ser atacada en cualquier momento. Cuando ascendían la empinada colina para llegar a la aldea, que estaba en la parte superior, retumbó el fragor de morteros y tiros de fusiles. Llegar a la cima, embarcar a las cinco familias donde habían mujeres niños y ancianos fue algo rapidísimo. El pelotón de Guillermo respondió el fuego y contuvo al enemigo porque contaban con la ventaja de estar en terreno alto. El camión cargado de los fugitivos se fue de inmediato, se quedaron solo tres voluntarios para cubrir el escape, estos eran generalmente los que no tenían familia. Guillermo fue el primero y le había seguido una pareja de novios, las mujeres kurdas pelean con gran valor codo a codo con sus colegas masculinos, que las respetan y hasta cocinan para ellas, en una región donde la mujer prácticamente no cuenta y todos los gobiernos musulmanes insisten en que los kurdos no las dejen pelear, en el Kurdistán la guerra ha cambiado la cosas.
Se atrincheraron en una casa que daba al desfiladero, debido a la inclinación del terreno los disparos de morteros caían sin precisión. Los tres combatientes podrían defender la posición mientras tuvieran municiones. El camión bajaba zigzagueando por el otro lado de la cuesta. Si la cima era tomada por los terroristas estos podrían hacer fácilmente tiro al blanco con el camión, era necesario resistir hasta las últimas consecuencias, los tres sabían que no saldrían vivos de ese lugar. Guillermo observó a la pareja que se daba apasionadamente quizás el último beso de sus vidas. Guillermo estaba a cargo del grupo.
¡Denme sus cargadores! los novios lo miraron con los ojos completamente abiertos— Gracias al terreno uno solo puede contener a estos bastardos ¡Váyanse, es una orden! ahí afuera hay un caballo amarrado ¡Tómenlo! Cuando esto acabe, y de seguro que vamos a ganar, este país necesitará de gente joven y valiente para repoblarlo ¡Váyanse, no me han oído! ¡Es una orden, váyanse!
El joven novio le dio sus cargadores y a la fuerza le quitó los de la novia y se los dio. Luego se la llevó casi a rastras, pero la joven pudo aún zafarse y darle un beso en la frente a Guillermo.
—Póngale mi nombre a su primer hijo varón ¡Y ya váyanse!— Guillermo los vio alejarse al galope y siguió disparando, multiplicándose, lanzando granadas, la elevación lo favorecía. Pensó en su materia favorita, la historia, y se imaginó que en ese desfiladero estratégico se habrían librado otros combates en los siglos pasados, quizás ahí también habrían tratado los soldados persas de contener a las tropas de Alejandro Magno. Se podía defender con pocos contra muchos.
Había gastado todas las granadas menos una, hizo un pequeño hoyo en el suelo, puso en el la granada, le sacó el seguro y colocó una piedra sobre ella y encima su chaqueta de combatiente. Tomó su fusil y de un salto salió corriendo hacia sus enemigos. El viento caliente le azotaba el rostro, sentía pasar las balas a su alrededor mientras él disparaba sus últimos tiros. De repente ya no estaba allí, estaba en Asís, el día de la celebración de la fiesta de San Francisco, había mucha gente, también ese día era el cumpleaños de ella, que lo miraba con una sonrisa angelical, al fin había aceptado sus disculpas, una fuerte detonación los hizo mirar al cielo, eran los fuegos artificiales en honor al Santo. La granada había estallado al moverse la piedra, matando al líder de los terroristas, los fugitivos tenían unos momentos más de ventaja para escapar.
Pablo D. Perleche
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