CUENTO BREVE: La persecución

CUENTO BREVE

Corría a todo lo que daban sus once años. La gente lo esquivaba con las justas. El niño se metía entre los jardines y placitas de la Gran Unidad Vecinal ubicada en los suburbios de Lima. Por más que Daniel corría la veintena muchachos que lo perseguían lo iba alcanzando.
Prácticamente habían dado una vuelta a la Gran Unidad que contaba con setenta edificios de seis pisos y que estaba alternada por chalets también multifamiliares. En este gran enjambre humano residían alrededor de mil quinientas familias. Su construcción era reciente con departamentos amplios y modernos. Los pinos, arces, eucaliptos e incluso bambúes adornaban sus espacios. Numerosos jardines embellecían la Gran Unidad: cercados de matas de granadas llenas de sus suculentos frutos. Al centro de los jardines alternaban las rosas, los jazmines, los girasoles y toda una gama de exótica botánica que daban al lugar una vista muy agradable.
Sus perseguidores ya lo alcanzaban. Subió dos pisos de un edificio y se descolgó por un pino que rozaba uno de los balcones y se metió debajo de uno de los túneles que separan los edificios. Esperaba el milagro de que se cansaran y se fueran, cerró los ojos y recordó los funestos acontecimientos que lo habían llevado a tan peligrosa situación. Se acababan de mudar a la Gran Unidad Vecinal debido a que su distrito se estaba convirtiendo en un lugar muy peligroso. Un robo a su domicilio donde se llevaron todo, fue lo que decidió el cambio.

–Eres nuevo en el barrio ¿eh? me llamo Timoteo -dijo el muchacho en la escalera del edificio.
–Hola soy Daniel. 
– ¿De dónde vienes?
–De la Victoria.
–La rica Vicky, es un lugar bravo.
–Por eso nos mudamos.
–Acá es tranquilo ¿Sabes jugar fútbol?
–Me defiendo bien.
–Ya lo veremos, el sábado hay una practica en el parque comunal ¿Podrás ir?
–Allí nos vemos.

Luego Daniel se dirigió a tomar el micro cuando un muchacho le buscó la conversación. Hablaban de buena manera. Hasta que Daniel tuvo la desafortunada idea de decirle: “Tus zapatos lucen como botines de los militares”. Estaba aún observando el calzado cuando levantó la vista y sintió como si el Sol le entrara por los ojos. Cuando recobró el uso de sus facultades se vio en el suelo. El puñetazo le había caído en medio de la cara y un hilo de sangre le corría desde la nariz. Daniel se incorporó y ganó la pelea en dos minutos dejando muy maltrecho a su atacante.
El muchacho comentó a la collera que Daniel lo había atacado sin motivo, y allí mismo juraron vengarse. Desde ese día Daniel solo bajó de su apartamento del quinto piso en compañía de un adulto de su casa. Los muchachos se turnaban para vigilarlo esperando el momento para fulminarlo.
La suerte cambió para Daniel cuando tuvo que salir solo. Al regreso cayó en una emboscada. Lo esperaban distribuidos por todos los accesos posibles a su casa. Cuando ya casi lo habían rodeado logró evadirlos, y fue perseguido hasta que pudo tenderse en ese túnel oscuro y perderlos.
Estuvo escondido por más de dos horas hasta que comenzó a oscurecer. No había nadie, caminó pegado a las paredes y los jardines tratando de ser invisible. Un alarido le cortó el alma -“¡aquí está, aquí está!” Un muchacho azambado se abalanzó sobre él. Daniel se paró firme y de un potente derechazo lo hizo caer. El grupo que había estado esperando cerca se reactivó y lo siguieron una vez más.
Daniel sentía el cuerpo entumecido pero corría. Volteó y vio que sus perseguidores también se habían enfriado por la espera y lo perseguían en fila. Volteó otra vez y vio a un muchacho alto, blanco y con el pelo bien peinado por la gomina que ya casi lo agarraba, le dio un potente cabezazo que lo derribó. Los que venían atrás se enardecían al ver a los caídos y lo perseguían con más ahínco.
– ¡Me lo dejan a mí, me lo dejan, es mío! –gritaba el líder furioso y acezando.
Mientras corría se fue desprendiendo de los que podía con fuertes golpes, sabedor de que lo iban moler. Se liberó de uno, de otro, pero fueron llegando más que lo inmovilizaron y lo tiraron al suelo. Trataba de incorporarse y era abatido al instante. “¡Es mío, es mío!” gritaba líder, llegando a la vez que Daniel caía por tercera vez y era pateado y escupido por veinte muchachos llenos de odio, muchos con el dolor reciente de los golpes recibidos. 
Ya no se levantó, estaba en un jardín que acababan de regar. Su sangre y su sudor se confundían con el barro y los escupitajos que le propinaban. Comenzó a rezar por sus padres, para que no sufrieran cuando lo encontraran en tan mal estado. Rezó a su patrona Santa Rosa, ya que eran paisanos y del mismo mes.
Habían dejado de patearlo y escupirlo. Un silencio mortal se cernía sobre él. Sentía su cuerpo como si tuviera una gravísima fiebre... “¡Carajo! -pensó- si me van a partir lo harán con un hombre de pie”. Reunió las menguadas fuerzas que le quedaban y se incorporó con los puños desafiantes y la cara llena de barro y sangre, estaba dispuesto a lo que venga.

Lo que vio lo dejó paralizado: Reconoció al que lo había invitado a jugar fútbol, que con las manos extendidas contenía a sus huestes y lo miraba con admiración.
– ¡Corres como una centella! ¡Y no te rindes ante nada! El campeonato de fútbol está cerca -añadió, tendiéndole la mano - nos falta un delantero veloz ¿Qué dices?....
Pablo Perleche
pablodperleche@aol.com

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