CUENTO BREVE: Inexplicable

Era el verano del año 1992, celebraba todo el continente americano el Quinto Centenario de su descubrimiento por Cristóbal Colón. Javier observaba la ciudad de Montreal desde la cima del Monte Real que le había dado su nombre. La ciudad se desplegaba ante él como un mapa tridimensional con sus altos y modernos edificios y sus centenarias edificaciones e iglesias. Veía a la distancia el inmenso río San Lorenzo surcado por muchos navíos, varios puentes conectaban las orillas y los grandes parques competían con las construcciones por el espacio, era una tarde magnífica. A lo lejos y hasta donde alcanzaba su radio visual estaban los maizales y las lomas de frondosos bosques de pinos. También observaba la Villa Olímpica con su colosal pirámide moderna, cuya cúspide resaltaba en la planicie. Todo esto hacían de esta ciudad una de las más atractivas de Canadá.

Javier era un joven peruano, que llegó a esta ciudad fronteriza con los Estados Unidos, para tratar de entrar a ese país ilegalmente por una vía supuestamente más fácil. Al día siguiente de su llegada él y un grupo de cuatro jóvenes turistas latinoamericanos iban a intentar la empresa dirigidos por un “guía”.
La noche que lo intentaron los estaban esperando, alguien los había delatado. Javier estaba retrasado apremiado por su vejiga y la tensión nerviosa. Cuando regresaba al grupo vio las fuertes luces. Luego escuchó los gritos de muchos policías que salían de todos lados y los amenazadores ladridos de perros. Retrocedió aterrado y trato de alejarse lo más rápido que pudo. Comenzó a orar mentalmente. Levantó la vista al cielo, era un aficionado a la astronomía, tenía ante si a la estrella Polar, mientras estuviera a su vista iría directo al norte, hacia Montreal, escapando de los perseguidores.
Anduvo lo más que pudo hasta que totalmente exhausto se refugió en una pequeña y rústica construcción, al parecer abandonada. A pesar de su angustia se durmió al instante.
Al despertar reanudó la marcha al norte, a través de los maizales, hasta que ya tarde divisó las luces de la ciudad. No le quedaba mucho dinero y lo gastó en comida, algo de ropa y un cuarto de un hostal. Trató de buscar un trabajo, pero a diferencia del vecino país del sur la mayoría de personas hablaban francés y no se veía hispanos, por el contrario, los de ascendencia árabe estaban en todos lados.

El día que se quedó sin dinero salió de su cuarto buscando una plaza de jardinero. Cuando llegó, ya estaba tomada la posición. Lo intentó en otros lugares por varios días con el mismo resultado. Caminaba ya sin rumbo por la ciudad con un hambre creciente. Afortunadamente se celebraba el carnaval y las largas festividades del Quinto Centenario, la gente se vestía estrambóticamente. También se veían muchos transeúntes a los que el alcohol había desbordado y se encontraban durmiendo una siesta en los jardines. En ese medio pasaba un poco desapercibido, con su barba crecida, su ropa desaliñada y el quejido de sus intestinos vacíos. Comenzó a buscar comida en las sobras que encontraba del carnaval.

Desalentado había subido al Monte Real, con funestas ideas y se encontraba mirando la ciudad desde la altura, cuando notó que una joven señora lo estaba mirando. Era blanca de mediana estatura, vestía un traje sencillo, floreado de verano y una niña de unos cuatro años la acompañaba.
–¿Necesita ayuda? –dijo la señora en un perfecto español, con entonación francesa.
–Sí, creo que sí –dijo Javier algo turbado ante la inesperada pregunta.
–Lo noto preocupado. ¿Es turista?
El silencio de Javier fue interpretado rápido por la dama.
– ¿Necesita trabajo?
Un lacónico, sí, fue la respuesta de Javier.
–Vaya de inmediato al Hotel Mediterráneo, en la calle de la Ville –dijo la señora– Allí están necesitando un empleado urgente y por el idioma ni se preocupe el dueño es español.
Javier que hasta hacía poco tenía el alma en el suelo, se apresuró en agradecer y se puso en marcha.
Llegó al hotel y de inmediato preguntó por el dueño.
–Soy yo― dijo el hombre que estaba en el mostrador― en que lo puedo ayudar.
–Estoy buscando empleo, me dijeron que usted necesita un trabajador.
–¿Qué raro? todavía no he puesto el aviso, aquí las noticias corren muy rápido.
–Venga– le dijo y lo llevó a una de las habitaciones, le enseñó la rutina de la limpieza y el arreglo de los cuartos.
–La temporada esta fuerte–añadió– necesitó un trabajador que sea competente, soy observador, me parece que lo vas a hacer bien, si es así, estas contratado.

Javier se esmeró tanto que llegó a ser el mejor empleado. El dueño del hotel se llamaba José Moncayo, tenía 38 años, aunque aparentaba más, además se le notaba un halo perenne de melancolía. Javier le contó la odisea de su viaje y sus sueños de ingresar a los Estados Unidos y labrarse un futuro en base a su trabajo.
–Aquí también lo puedes lograr– le dijo José.
–Lo sé –dijo Javier– pero tú sabes, es el embrujo con que el capital tienta a todos los latinoamericanos, en especial a los jóvenes estudiantes como yo, que queremos resultados rápidos, que difícilmente se darán en nuestros países.

En el hotel se hospedaba una mujer alta, muy bella, sus cabellos negros y cortos enmarcaban un bellísimo rostro que hipnotizaba a cualquiera. Salía siempre de noche y regresaba a dormir de día. Con el tiempo Javier pasó del saludo a la conversación y la mujer lo invitó una noche al cabaré donde trabajaba.
Era una de las bailarinas más solicitadas de ese lugar, al final de la jornada salieron juntos. Tomaron el ascensor hacia el estacionamiento y allí se besaron y acariciaron con pasión. Al abrirse la puerta del ascensor y cuando iban hacia el auto, Javier se sorprendió al ver a la joven señora que vio en Monte Real, con la niña de la mano y que lo miraba fulminándolo.
–¡Contigo quería hablar!– dijo la señora con autoridad.
–¿La conoces? – dijo la bailarina–. Me habías dicho que no conocías a ninguna mujer en esta ciudad–. Y tras soltarse de su abrazo se alejó llenando el aire de imprecaciones.
Javier que no había dicho palabra trató de seguir a la bailarina, pero está ya había alcanzado su coche y raudamente abandonaba el lugar.
–¡Déjala no sabes lo que ganas al perderla! – le dijo la joven señora.
–¡Le estoy muy agradecido, por lo del empleo! ¡Pero no tiene derecho de hacer esto!
Y Javier regresó al cabaré de donde salió a la hora en estado muy lamentable, en la calle trastabillaba de lo ebrio que estaba.
Un taxi paró a su costado, en el asiento trasero la joven señora y la niña lo conminaban a subir, él haciendo gestos desagradables se negaba. El taxista, un robusto gigante de ascendencia francesa, salió del auto y tras darle un violento sopapo, lo levantó en vilo y lo sentó en el asiento junto a él. Durante el trayecto la joven dama lo increpaba que si quería tirar su vida por la borda, mejor hubiera sido que lo dejase saltar ese día del Monte Real.
A Javier se le pasó un poco la borrachera al oír esas palabras y también por el golpe que le latía en la cara.
–¿Cómo sabía usted lo que yo iba a hacer? –dijo sin disimular su sorpresa.
–Hay cosas que uno no puede saber hasta que pasas por el umbral. Pero te aviso joven que si hubieras establecido una relación con esa mujer, tus días estarían contados.
Javier no entendía y lo atribuía al estado etílico en que se encontraba.
–¿Adónde me llevan?
–Al hotel ¡ah! y dile a José que ya me es permitido darle el mensaje y tú eres el mensajero. Me llamo Marie dile que la niña y yo nos encontramos bien, que nuestra separación no fue por su culpa, que deje ya de atormentarse.
–No sabía que José hubiera tenido pareja, nadie en el hotel le conoce alguna.
–Dale mi mensaje, él entenderá.
–¿Por qué se dejaron?
–Por causas que no estaban en nuestras manos. Ya llegamos ¡baja!
Javier quiso hablar más, pero el fornido taxista le agarró el hombro y le señaló la puerta con una mirada glacial. Al bajar observó que la señora tenía el mismo vestido floreado y la niñita el mismo trajecito marinero.

Al entrar Javier encontró a José en el mostrador y le narró de un porrazo toda la jornada nocturna y notó que José palidecía en lo último de su relato y que se le venía encima como un loco.
–¿Qué quieres hacerme desgraciado? ¿Qué locura es está? –decía José, mientras lo golpeaba e intentaba estrangularlo.
–¡El loco es usted! ¡¿Carajo, qué le pasa?!–dijo Javier defendiéndose como pudo.
–¿Por qué me dices esto? ¿Quién te lo dijo? ¡Habla desgraciado! –dijo José fuera de si.
–¡Todo lo que le he dicho fue como pasó! – y le contó también cómo ella fue la que le dijo que había un puesto en el hotel.
José se sosegó un poco y por ratos reía, en medio de las lágrimas que comenzaron a caerle, sin que a él le importara que lo vieran, se dirigió como un autómata a su armario y sacó un libro.
Regresando hacia Javier le dijo: “Marie era el nombre de mi esposa y teníamos una hijita, María, las dos murieron hace ocho años cuando un camión nos chocó, yo conducía. Nos habíamos conocido cuando yo recién llegaba a Montreal y no tenía más que sueños de ser alguien. Veníamos a inaugurar nuestro hotel, el día que el camión... desde ese momento he sacado el hotel adelante en su nombre... ella lo quería tanto...”
Sin terminar la frase, José, sacó una foto del libro, y se la dio. Javier tomó la foto que estaba algo descolorida y vio a José más joven, más alegre, abrazando a Marie y a su hijita, ella con su traje floreado y esta con su vestidito marinero.
Pablo D. Perleche
Identidad Latina

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