CUENTO BREVE: Un guía inesperado. Escribe: Pablo Perleche

Podría decirse que las cosas más extrañas me pasan cuando menos me lo espero. Ya debería estar curado del susto, pero estos episodios me hacen pensar más en serio que nada pasa por casualidad, todo tiene un propósito que se nos revela en su momento dado.

Comencemos pues con que al fin pude cruzar el famoso “charco” del Atlántico y llegar a Europa, a París tantas veces ya imaginado y soñado donde me veía mentalmente desde hace años haciendo el recorrido del Arco del Triunfo, la Torre Eiffel, la Catedral de Notre-Dame, el Palacio de Versalles, los Campos Elíseos, todas esas maravillas arquitectónicas donde se habían desarrollado las grandes obras literarias que había leído con avidez. En fin, también realizando el sueño de mi padre que murió sin cumplir el suyo, conocer la Ciudad Luz.

Iba a recorrer esos escenarios donde esos protagonistas reales o imaginarios habían redondeado la fama parisina a través de los siglos. No viaje en un tour, mi economía no me lo permitía y gracias a las ofertas de internet conseguí pasaje y hotel a un tercio del costo de un tour, pero eso sí, estaba por mi cuenta, yo programaría el itinerario y tendría que resolver todas las vicisitudes que surgieran.

Mi hotel estaba a una cuadra del afamado Moulin Rouge. Desde que entré a París proveniente del aeropuerto Charles de Gaulle, que está a media hora en auto, me sorprendió el color uniforme de la ciudad, un gris piedra que uniformizaba todos las casas y edificios públicos o privados, siendo las ventanas, puertas y buhardillas las que les daban un ligero contraste de color.

Debido a que viajé de noche, la duración del vuelo y al cambio de hora llegué a las nueve de la mañana para enterarme que las habitaciones no las entregaban sino hasta las tres de la tarde. Cansadísimo, pero con la emoción de conocer dejé las maletas en la recepción y me fui a recorrer la ciudad. Ni bien había avanzado unas cuadras vi la iglesia del Sagrado Corazón en lo alto de una colina, subí hacia ella por unas empinadas y largas escalinatas, desde los portales de la Iglesia tuve la visión de París extendiéndose a mis pies. Luego tomé esos buses rojos con el segundo piso descubierto, que abundan en las grandes ciudades, y me dejé llevar por esas calles encantadas, cruzando varias veces el legendario rio Sena. Mientras admiraba el panorama iba planeando el recorrido que haría en los cuatro días siguientes ya que esa era la duración de mi económica estadía.

Tenía poco tiempo, pero en un día le saqué el jugo al Louvre sus pinturas, esculturas y demás obras de arte quedaron grabadas en mi memoria para el resto de mi vida. Al día siguiente fueron los espacios abiertos y lugares icónicos de la ciudad, el tercer día lo dedique al Palacio de Versalles que está a una hora de Paris y es símbolo de la monarquía, que quiérase o no es parte fundamental de París y Francia y que para bien o más para mal se eliminó violentamente hace poco más de dos siglos.

El jueves día previo a la partida, ya que saldría el viernes de madrugada, visité algunos lugares que me faltaban conocer y dejé para última hora mi visita al cementerio de Montparnasse. Cuando al fin llegué al camposanto, el cielo estaba nublado y la soledad era acentuada por los pocos visitantes del lugar. Quería visitar las tumbas de dos de los escritores que más admiraba: César Vallejo y Julio Cortázar. Pese a que en la entrada había un mapa del lugar y los caminos estaban bien delimitados en cuadrantes, las tumbas y mausoleos estaban tan entrelazadas en un exótico desorden, confundiéndose, cruzándose unas a otras en medio de arbustos y decoraciones que me era difícil encontrar las tumbas de estos escritores. La oscuridad del atardecer me ganaba y era aumentada por un cielo cada vez más encapotado. Repentinamente cayó un aguacero de otoño, el frío calaba los huesos, los pocos visitantes se fueron apurados, yo no me corrí. Me refugié debajo de los alerones de un mausoleo. Cuando el aguacero cesó, siguió cayendo una tenue garúa y se vislumbraba que quedaría una media hora de luz. Porfiadamente seguí buscando por las dos tumbas cuando una voz en correcto español me sobresaltó. El hombre era alto usaba un gabán largo y el paraguas abierto oscurecía su rostro, aunque pude distinguir una sonrisa amplia y sincera.

Esta es la zona de la tumba de Cortázar y Vallejo de seguro que los está buscando.

Si hace rato que los busco infructuosamente.

Venga caballero.

Y me guió directamente a la tumba de Vallejo donde ponderó su poesía única en el mundo, me dijo emocionado, un mensaje directo al corazón del ser humano. Y conversamos un rato acerca del gran poeta. Luego coloqué una piedrecilla negra sobre una blanca en homenaje a su insigne poema autobiográfico. Seguidamente me llevó a la de Cortázar, cuando apenas se distinguían las formas de las tumbas, vimos al acercarnos varias cartas, boletos de metro, flores y decoraciones sobre la lápida, como las que habíamos visto en la de Vallejo, pero notamos muchos diseños de rayuelas dibujados en diversos papeles en honor a su gran novela. A diferencia de los comentarios que tuvo acerca de Vallejo el hombre se quedó mirando la tumba y dijo: “Él siempre quería innovar, ir más allá de la frontera de la escritura, creo que por eso sobresalió”

¿Qué le dejó? — dije—

Sacándose el cigarro de la boca me lo pasó.

Creo que esto es lo que más le hubiera gustado.

Deposité el pitillo aún encendido sobre su tumba y al igual que en la de Vallejo cerré los ojos e improvisé una corta oración. Cuando levanté la vista el señor se había marchado, pensé que respetando el momento de mi plegaria.

Vi que se acercaba una persona, era el guardia que me informaba que el cementerio estaba cerrado, al preguntarle por el caballero que me orientó me dijo que yo era el último en el cementerio y desde hacía buen tiempo nadie más había entrado o salido.

En la madrugada mientras al fin me dirigía al aeropuerto Charles de Gaulle en un auto Peugeot, vía la Autopista al Sur, Fontainebleau-París, esperaba sinceramente que no hubiera un embotellamiento, hubiera sido un retraso quizás irremediable para mi itinerario, pero de una coincidencia encantadora.
Pablo D. Perleche
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