CUENTO BREVE: En hombros de gigantes

Julio C. hubiera querido tanto escribir este cuento-artículo o artículo-cuento, no puede por ahora, así que tengo que hacerlo yo, disculpen.

La noticia del premio cayó sin previo aviso. Las apuestas en Londres, tan precisas, fallaron y ni el mismo galardonado lo esperaba, aunque hacia décadas que lo merecía inequívocamente.
De un momento a otro la Universidad de Princeton en Nueva Jersey, tan acostumbrada a albergar Premios Nobel de Ciencias, tenía entre sus profesores invitados un Nobel más, pero esta vez de Literatura.
El Doctor Mario Vargas Llosa, peruano de nacimiento, corazón, cuerpo, mente y alma no lo podía creer. Poseía ya todos los premios que un escritor pudiese obtener, en especial el de tener millones de lectores alrededor del mundo. Y ahora visiblemente emocionado agradecía ante la prensa la obtención del máximo laurel literario que le había sido esquivo por tanto tiempo.

A mí también me remeció el premio. El escritor que sin saberlo había colaborado en la construcción de mi camino a través de las letras, estaba literalmente a tiro de piedra de donde yo residía, cuatro horas en auto. En la web, averigüé el lugar y la hora donde dictaba sus clases de Técnicas para la Escritura de Novelas. Incluso vi que daba una conferencia sobre La Cultura ese mismo día, el lunes, dentro de tres días. El periódico donde colaboro se entusiasmó con mi decisión de ir a entrevistarlo y contribuyó con los viáticos, era la noticia del momento. Era jueves ya no podía pedir permiso en mi otro trabajo, pero el jefe apiadándose de mi ruego casi infantil “la única manera es que trabajes la noche del domingo y la madrugada entre el domingo y lunes”. Acepté sin importarme que a lo mejor solo podría dormir unas dos o tres horas antes de ponerme al volante rumbo a Nueva Jersey.

Esa madrugada del lunes dormí de cuatro a siete de la mañana, me duché y guardé mi cámara, mis cuadernos y unos libros dentro de mi portafolio y me puse en camino. Desde Connecticut, tendría que pasar a través del tráfico de Babel que se formaba en Nueva York y esperé de todo corazón llegar a tiempo. “Sí al menos me dejaran escuchar sus clases”, iba pensando durante la ruta “y si acaso lo pudiera entrevistar”, tenía las preguntas, sabía que no tendría mucho tiempo, si es que lo conseguía.
“Y si acaso le pudiera invitar un refrigerio, conversar”. Muchas imágenes se me agolpaban en la mente, fue bueno porque de la emoción no sentía el cansancio ni el sueño perdido y mi auto devoraba kilómetros casi sin sentirlos.

Llegué a la una de la tarde a la Universidad de Princeton, disponía de media hora para localizar el salón de clases, pues la referencia de la web era vaga. Pregunté en la oficina y se me informó que estaba terminante prohibido entrar a sus clases y se me desvió a otras oficinas donde dirían seguramente lo mismo. Salí y decidí arriesgarme. Preguntando a los alumnos con que me iba encontrando, llegué todo acalorado al edificio Robertson.
El otoño ya había comenzado, pero azotaba un calor canicular y todos estábamos en mangas cortas, llegué al salón, la aglomeración de periodistas pugnando por inmortalizar el primer día de clases del laureado, algunos guardas tratando de imponer el orden, Vargas y su aureola, un gesto, unas palabras ”ya me esperaba esto de la prensa”, los veinte alumnos privilegiados, sonrientes, las imágenes pasaban tan rápido, el nudo en la garganta, la pregunta inconclusa, solo me quedaba seguir la vorágine de ese maelstrom, el escritor frente al Escritor, cara a cara, y la entrevista frustrada, imposible, frases sueltas de todos los presentes “Doctor unas palabras por favor” los muchachos de El País luchando codo a codo con los de Vanguardia y el fotógrafo de Caretas disparando su obturador con frenesí.
Cerraron las puertas. Nos fuimos a almorzar conversando en cómo haríamos para la conferencia de esa noche a las siete y media en el auditorio Richardson.
Los españoles de Vanguardia bromeaban con sus paisanos de El País aunque en el fondo competían por la primicia. El corresponsal de Caretas improvisando bromas y muy alegre revisaba su potente cámara como un soldado revisa su fusil.

A las siete una multitud se agolpaba a las afueras del auditorio, mayormente latinoamericanos. Los periodistas nos separamos buscando auscultar entre el público las impresiones. Coincidentemente conocí allí a un compañero de estudios de mis profesores de San Marcos y a varios jóvenes estudiantes peruanos de la Universidad de Pennsylvania. Todos en sus comentarios decían algo ya establecido, que el señor que iba a salir al escenario era uno de los máximos exponentes de una vocación que enriquece a la civilización, la Literatura, que es lo mejor que se ha inventado contra el infortunio.

Abrieron las puertas y nos ubicamos, en eso hizo su aparición Don Mario, el nudo en la garganta otra vez, ojos un poco nublados, carambas que emoción. Comenzó su clase sobre La Cultura y su colapso en los tiempos recientes. Vargas atribuía al movimiento llamado Revolución de 1968 el comienzo del fin de un orden. Los ideólogos de esta corriente como Michel Foucault buscaron y lograron abolir el magisterio moral en Europa y luego en el mundo entero, donde la autoridad clásica del maestro ante los alumnos y sus padres se acabó. Fue el comienzo del derrumbe moral de la civilización occidental.
Un Occidente que si bien actualmente es una potencia mundial lo debe a su especialización de la Ciencia, que está a en manos de una privilegiada minoría. Y si bien se ha logrado gracias a ella un adelanto tecnológico sin precedentes para la humanidad, encierra también en sus entrañas el potencial terrorífico para destruirla.
La ideología del Mayo Francés que fue el epicentro de la Revolución del 68, explicaba Vargas, planteaba abolir las desigualdades culturales y por ende las desigualdades sociales y económicas, pero al final solo ahondó de una manera más profunda esa perenne brecha entre ricos y pobres.
La educación estatal francesa que gozaba de un alto prestigio cayó herida de muerte. Arrastrando en su caída a la sociedad entera, entrando el mundo en un Oscurantismo Moderno, donde la noción de belleza estaba desacreditada, donde el ser humano es unidimensional, aislado y especializado. Y fue a partir de allí hasta el presente, que la preservación de lo que se conocía clásicamente como Cultura recayó en el sector privado, al renunciar el estado a su derecho innato de protegerla.
La especialización se nota en las Ciencias que aniquila su pasado, lo que no ocurre con las Letras y el Arte, donde por ejemplo todavía están vivos Cervantes y Borges. Las Letras y las artes forman un denominador común cultural, donde los autores unen a la civilización a través del tiempo y el espacio. Las Letras y el Arte crean un espacio común que nunca se especializa, ampliando las fronteras con una visión más sutil de ese abismo sin fondo que es la comunicación humana. La Literatura es el farol que guía a la civilización durante esta oscuridad cultural.

El discurso lleno de términos técnicos me sobrecogió, uno a uno iba llenando folios de mi cuaderno, recordé mis años en San Marcos donde tomaba notas taquigráficas por la rapidez con que dictaban los profesores. Vargas Llosa no se tomó descanso, tenía un discurso y un tiempo por cumplir. El público en su gran mayoría venía a celebrar con él y se llevó una clase magistral de regalo.
Luego vinieron las preguntas, yo estaba ubicado en el lugar reservado para la prensa me demoré un poco en bajar al pie del escenario donde estaban los micrófonos. Me encontré con que ya había una fila, no tenía tiempo de estar nervioso, mentalmente redondeaba una y otra vez la forma de mi pregunta.

–Doctor Vargas, tengo dos preguntas de respuesta corta.
–Así espero amigo.
–Si le hubieran dado la oportunidad de hacerle una sola pregunta a Jean Paul Sartre, cuando usted comenzaba su carrera de escritor ¿Cuál hubiera sido esta?
-¿En mis comienzos de escritor?
–Sí.
–Una sola pregunta no hubiera bastado, amigo, en esos tiempos Sartre era el escritor a quien yo más admiraba.
–Pero si esa fuera la condición, insistí.
–Si fuera así…le hubiera dicho… Doctor Sartre ¿me acepta un café y un emparedado?…conversación incluida por supuesto.
El público aclamó y aplaudió sonoramente la muy inteligente respuesta. Cuando el silencio retornó, Vargas Llosa risueño inquirió “¿y cuál es su segunda pregunta amigo?”.
–Doctor Vargas ¿me acepta un café y un emparedado?…conversación incluida por supuesto.

Cuando esa madrugada retornaba a Connecticut en medio de una monstruosa tormenta de relámpagos, lluvia y granizo, con secciones de la carretera intransitables, no me importaba, resonaban aún en mis oídos la ovación del público y las palabras de Don Mario “posiblemente, amigo, posiblemente; deje sus referencias con Emily”
Los ojos se me cerraban, la noche oscurísima y la violencia de los elementos hacía en extremo peligroso seguir adelante. Detuve el auto en un restaurante, recliné mi asiento y comprendí recién cuán cerca había estado de uno de los más grandes exponentes de la literatura universal. Mientras el cansancio comenzaba a obnubilar mis ideas y cerrar mis ojos recordé la cita de Sir Isaac Newton que incluí en un ensayo, “Solo puedo ver más adelante porque estoy parado en hombros de gigantes”.

*Crédito de ilustraciones: Princenton University, Office of Communications, Brian Wilson.
Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com

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