CUENTO BREVE: El Creador del Tiempo

Estábamos aún aturdidos por el increíble viaje y por el polvo del camino, el sol, las mulas y los camellos cargados de mercadería que circulaban hacia el colorido mercado. Asombrados también veíamos las túnicas con que se vestían todas las personas y el hecho de que mis cuatro camaradas y yo las usáramos también. Pero sobre todo por esa distancia, de más dos mil años, hasta ese momento insuperable por la lógica y las leyes físicas, vencida ahora por el uso de una prodigiosa máquina.
Nos habíamos sentado a la vera el camino y conmovidos observábamos desfilar la historia en vivo, desde la misma fuente. Nos habíamos olvidado por un momento de nuestra misión, que era la primera que se iba a realizar usando este maravilloso invento del siglo veintiuno: Llegar al año 33 en Jerusalén y usando los medios que sean necesarios evitar la muerte de Jesús de Nazaret.
El secreto proyecto realizado a mediados del año 2,050 contaba con asistencia Rusa - Norteamericana y buscaba cambiar el curso de la historia. Los norteamericanos que contaban con un gobierno hedonista pensaban librarse de la iglesia católica al evitar el sacrificio de su fundador y por ende la formación de su iglesia y así en un mundo despejado de ética y moral ejercer sus propósitos. Los rusos quizás con nostalgia de la era dictatorial soviética añoraban un régimen totalitario destruido también gracias a la ayuda de la iglesia y que ahora también era la única crítica peligrosa contra su alianza con la mafia local e internacional.
Y aquí estábamos en Jerusalén, los cinco viajeros del tiempo, con nuestras potentes subametralladoras debajo de nuestras túnicas preguntando en arameo, griego y latín si alguien sabía el paradero de Jesús. El plan era sencillo, seguirlo y en el momento que estuviera solo o con pocos acompañantes secuestrarlo y evitar que llegue a su cita con la cruz.
El grupo además de mi estaba formado por dos estadounidenses y dos rusos. Habíamos sido seleccionados por nuestras extraordinarias cualidades de soldados, ausencia de doctrina religiosa y por el incondicional servicio que profesábamos hacia nuestros países. Nos habían escogido también por nuestras características raciales que semejaban a la de habitantes de la región, hubiera sido extraño ver a cinco rubios anglosajones preguntando por un personaje que había causado tanta controversia y división en la población. Teníamos nuestras órdenes y las cumpliríamos.
Nuestros científicos, usando los más precisos datos históricos habían calculado lo más exactamente posible la fecha a la que deberíamos llegar. Había la posibilidad de que arribáramos antes de que comenzara su predicación y fuera desconocido o que llegáramos demasiado tarde, cuando ya todo hubiera estado consumado. Afortunadamente las fechas trabajaron y habíamos llegado durante su ministerio y se hablaba de él.

Fuimos siguiendo su peregrinaje, no era difícil: enfermos graves y ex-paralíticos que a grandes gritos exteriorizaban su recuperación, ciegos de nacimiento que proclamaban el gozo al poder contemplar por vez primera la luz del sol y lo más asombroso y que nos resistíamos a creer: muertos que volvían a la vida gracias a su poder.
Logramos integrarnos al inmenso grupo que lo seguía vimos como dio de comer a cinco mil personas con cinco panes y dos pescados, por más que quisimos deducir lógicamente qué había pasado no lo entendíamos, empezamos a reconocer por qué nuestros superiores lo querían: su poder era superior al de cualquier hombre. Muchas de sus enseñazas las hacía en forma de cuento que dejaba un mensaje. En una de sus predicas llamaba bienaventurados a los más desposeídos, los justos y pacíficos, todo lo contrario al mundo de donde veníamos donde solo contaba el poder, el placer y la obediencia plena al Estado.
El sistema me había educado, sabía de la vida de Jesús histórico y aprendí que la mayoría de sus hechos sorprendentes eran meros mitos.
A veces le perdíamos sin saber cómo, por más alertas que estábamos, nos confundíamos, era imposible que alguien se desplazara tan rápido. Pero encontrábamos su camino, los enfermos de toda condición, raza y religión se iban multiplicando aceleradamente, se hablaba de él en todo el país, algunos denigrándolo y otros alabándolo como el Mesías que había de venir.
Al fin nos enteramos que se dirigía a visitar a su amigo Lázaro que se encontraba muy enfermo. Preguntando llegamos antes que él para darnos con la noticia de que Lázaro ya había muerto. Vimos a sus hermanas llorando tristemente ante su cadáver y luego del rito fue sepultado en una tumba en forma de cueva. Nos aseguraron que Jesús vendría de todas maneras y nos dispusimos a esperarlo. Llegó al cuarto día, las hermanas lo recibieron y lo llevaron a la tumba y allí ante nuestros ojos atónitos e incrédulos ordenó a Lázaro que saliera a fuera, luego que le quitaran la mortaja y le dieran de comer.
Nos sentamos conmovidos viendo como el recién vuelto a la vida comía pan, pescado y bebía vino, estábamos sorprendidos y recién caímos en cuenta de lo delicada que era nuestra misión nos enfrentábamos a un poder supremo capaz de vencer a la muerte.
A partir de ese momento no tuvimos ninguna oportunidad de poder conseguirlo indefenso, una multitud lo seguía y alababa. Pero nos enteramos que sus detractores decidieron buscar la manera de matarlo lo más pronto posible. Debíamos actuar con rapidez. Al principio de la semana de Pascua fue recibido como rey en Jerusalén, pero andaba con precaución sabía que querían matarlo.
Luego de una cena privada con sus discípulos y al parecer muy importante se retiró a orar solo en un olivar mientras sus discípulos dormían cerca.

Estaba al fin completamente solo. Como líder del grupo me acerqué hacia él, cuando estuve cerca volteó y me dijo: “Iván por que me persigues, porque me quieres hacer daño”
–Señor, ¿cómo sabes mi nombre?
–Sé el tuyo y el de tus amigos, ¿sabes realmente quién soy?
–El creador de una doctrina que atenta contra nuestro gobierno.
–Y, ¿qué piensas luego de ver todo lo que viste, en especial lo de Lázaro?
–Señor, ¿Cómo sabías que estaba allí?
–Tú llegas confiado en una tecnología que cree haber dominado el tiempo, sin embargo no tomaron en cuenta un detalle, el creador del tiempo Soy Yo. Era antes, soy ahora y seré después; no principio, no fin, todo lo veo, todo lo puedo.
–¡Señor, yo puedo salvarte, quieren matarte! Así cumpliré con mi gobierno y tú, que sé que eres todo poderoso, estarás a salvo.
–No has entendido aún Iván, que si no muero no habrá salvación ninguna para el mundo y tu gobierno y sus aliados llevarán a la humanidad a su destrucción y al triunfo del mal.
– ¡Pero Señor yo te puedo salvar!
–Entiéndelo Iván, la semilla tiene que morir para dar fruto– entonces se levantó de donde oraba y se acercó a nosotros y nos tocó uno a uno. Una sensación única de tenerlo todo nos invadió y nos arrodillamos ante él.
–Ahora vayan en paz, ya llega el momento.

Nos alejamos a distancia prudencial y vimos que despertaba a sus discípulos justo cuando llegaba una muchedumbre con antorchas. Lo apresaron y vimos que uno de sus discípulos lo entregó, los demás se desbandaron y solo uno lo seguía a la distancia y nosotros también. Nos ardía el deseo de intervenir y liberarlo pero la sensación de paz que él nos había trasmitido era más fuerte, ahora entendíamos. Sabíamos que lo que estaba por pasar era el acontecimiento más grande que jamás experimentó o experimentaría la humanidad. Ningún hombre, reino, gobierno, ejército o armada habría podido ni podría marcar la historia, para bien, como lo iba a ser este hombre. Asistimos tristes pero con esperanza a su juicio, donde es condenado a morir crucificado por declarase legítimamente Hijo de Dios. Condenado pese a tener argumentos inobjetablemente ciertos, avalados por los innumerables prodigios que había realizado, incluso el de vencer a la muerte.
Fue golpeado, torturado y crucificado entre dos maleantes. Lo vimos, clamar y encomendarse a su Padre, perdonar a sus verdugos, bendecir a su madre y sus seguidores, agonizar, morir y ser introducido en un sepulcro.
Al tercer día de su muerte y mientras estábamos reunidos con sus discípulos apareció en medio de nosotros. La impresión y emoción fue tan grande que a duras penas nos cabía el corazón en nuestro pecho. Nos miró sin decirnos nada, comprendimos sin embargo.
Regresamos al lugar donde habíamos dejado la máquina, nos acomodamos en ella y activamos los controles y retornamos al tiempo de donde salimos o más bien dicho diez años antes. Íbamos a sabotear el proyecto de la máquina del tiempo antes de que existiera, aunque sabíamos que de todas maneras que, de llegar a existir su efecto solo sería teórico. Y reafirmo lo de teórico pues solo hay uno que tiene control práctico sobre el tiempo, su creador.
Pablo D. Perleche
pablodperleche@aol.com

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