Periodico Identidad Latina

CUENTO BREVE: El desamparado. Escribe: Pablo Perleche

Comenzaba una nueva vida, en un nuevo país, con mi esposa y con dos hijos que nacieron en esta nación y que ya no llamarían su país al que es el mío, de sus abuelos y ancestros. Un reacomodarse al sueño de esta nueva tierra, una casa más grande, un mejor auto, una tendencia a poseer cada vez más bienes de los necesarios. Para lo que se requiere uno, dos o más empleos para satisfacer estas nuevas necesidades que ya no son primarias.

Las costumbres, tradiciones y creencias de tu lugar de procedencia si no están bien arraigadas por la edad o por la convicción empiezan a desaparecer al influjo de las relaciones laborales, vecinales y sobre todo por los hijos que nacieron acá. Afortunadamente, desde mi punto de vista para otros podría ser desafortunadamente, yo nunca sería completamente de estas tierras de gran oportunidad y jamás renunciaría a toda mi herencia y tradición.

Lo quise dejar de legado a mis hijos y no escatime pues nada para que aprendieran mi idioma natal y enseñarles sobre todo mi cultura, tradiciones, música, danzas, comidas y bebidas. Pero donde más trabajo encontré fue en enseñarles mi fe. Pero con gran esfuerzo y porfía logré que mis hijos fueran a transición hablando el español antes que el inglés y conociendo más los héroes, santos y geografía de mi país, los de aquí se los enseñarían en su escolaridad.

Llevar a mis hijos a la Iglesia, enseñarles en casa ayudó bastante y sobre todo a mí que, aun sabiendo de la verdad de mi fe, me costaba gran trabajo vivirla y defenderla en un medio que la considera como enemiga, ya que se opone a su planificada y legislada cultura de la muerte. Pero hubo un acontecimiento que ayudó en este rubro y que ahora con el paso de los años calificó de sobrenatural y que marcó para siempre a mi hijo y a mí.

Había adquirido mi tercer auto, los otros dos anteriores habían prácticamente explotado por lo usados que estaban, este era al menos de la década y estaba en buenas condiciones. Como las anteriores veces tenía que registrarlo en el Departamento de Vehículos de Motor que está a unos nueve kilómetros de donde resido y al que se llega por una desolada vía paralela a la supercarretera. Tenía el día libre porque trabajaría el fin de semana. Dejé en casa a mi esposa con mi hija recién nacida y con mi hijo que ya iba a cumplir los cinco años me dirigí a registrar el auto.

Ya por llegar a mi destino vi a un hombre que caminaba en sentido contrario por el desierto lugar. Me llamó la atención su ropa desgastada, su elevada estatura, su robusta complexión y la abundante cabellera desordenada, una barba muy larga y ensortijada y la piel quemada por el sol que hacía imposible decir si era anglosajón, hispano o árabe.

¡Papá dale un aventón esta frío, siempre lo haces!

Hoy no hijo, tenemos poco tiempo—por el retrovisor vi en la carita de mi hijo una callada decepción.

Llegamos al Departamento de Vehículos y como nunca estaba vacío, me atendieron y en diez minutos regresábamos y vimos al hombre que no había avanzado mucho en el tramo a la ciudad.

Pa…

Ya hijo, está bien— dije, aunque en el fondo el aspecto de vagabundo me daba recelo, el cual perdí completamente al preguntarle si necesitaba que lo trasportara.

Si tuviera la amabilidad caballero— me respondió en un perfecto español, en el que no pude encontrar ningún dejo particular a un país.

¿Qué haces por estos rumbos amigo?

Vengo de Nueva York, el autobús me dejó en la estación anterior y estoy buscando albergue.

¿Conoces alguien por acá?

No, estoy buscando un lugar donde vivir, la ciudad de Nueva York está muy pesada para mí.

Pero vas a la aventura ¿dónde piensas llegar?

A la siguiente ciudad, allí comenzaré mi búsqueda.

Miré a mi hijo que sin decir palabra me dijo ayúdalo. En el camino a la ciudad conversamos, nos dijo que se llamaba Manuel, que era cubano y que no tenía ningún familiar en el país, pero si muchísimos amigos y que estaba contento con su vida y que trabajaba en lo que se le presentara, incluso hasta solo por la comida, para los parámetros de este país era un miserable. Ponderó mi auto y me dijo que tenía una bonita consola. De reojo vi que mi hijo iba contento, de todo lo que le había enseñado acerca de la fe, lo que más le gustaba era la caridad.

Paramos en el Salvation Army, no se me ocurría otro lugar, subimos a un segundo piso donde nos recibió la directora que nos hizo sentar frente a su escritorio, mi hijo se apoyaba en mi hombro. Noté la tosquedad de la mujer cuando le pidió sus documentos de identidad muy altaneramente.

No tengo ninguno.

Sin documento no lo recibimos, aquí solo les damos un lugar para dormir, una cena y durante el día ellos tienen que ver dónde ir.

Pero es un desamparado, ustedes tienen recursos al menos para iniciarlos en una nueva vida.

Sí, pero con documentos, y me preocupa usted que recoge a este hombre de la calle sin conocerlo, pudo haberlos herido a usted y su hijo— lo dijo en un tono no de reproche sino con furia apenas controlada.

Toda mi vida he sido un hombre pacífico y que no reacciono mal, menos ante una dama, pero un sentimiento sordo me embargó hasta humedecer mis ojos, sobreponiéndome y hablé con la voz más calmada que me permitió la cólera.

Este es un hombre bueno que solo viene a pedirle albergue, es un desposeído, usted no tiene derecho de tratarlo así, ustedes existen para dar ayuda a los desposeídos— el tono de mi voz se fue incrementando hasta que Manuel me tomó del brazo y me dijo, vámonos, me enjugué una lágrima y salimos del lugar sin mirar atrás, mi hijo me agarraba fuertemente la mano.

Eran las dos de la tarde, probamos en otros dos lugares que conocía, pero en el primero solo les daban almuerzo y comida y en el otro solo recibían pacientes en rehabilitación de alcohol y drogas. A eso de las tres paramos en un restaurante pedimos una sopa caliente para contrarrestar el frio. Manuel bendijo los alimentos y comimos y conversamos en paz, le conté de mi familia y nuestra vida en estas tierras, nos sonrió afablemente. Le pregunte qué haría y me dijo que había decidido retornar a New York, sabía que carecía para comprar el pasaje de regreso en bus así que le dije que se lo compraría. Fuimos a la estación adquirí el pasaje. El bus saldría en dos horas, Manuel esperaría en la estación.

Anda amigo ya has hecho bastante por mi, gracias, te espera tu familia, Dios te pague tu caridad— Le di la mano y nos fuimos. Durante el regreso mi hijo y yo callábamos. Personalmente sentía como si hubiera perdido algo que no podía explicar. Mi esposa nos espera un poco preocupada, nos habíamos tardado. Mi hijo y yo le contamos todo.

Lo hubieran traído a comer, hice bastante comida, — En esos momentos una necesidad apremiante de ver a Manuel me oprimió el corazón y tomando a mi hijo dije a mi esposa que lo íbamos a traer y que postergaríamos el pasaje para la noche. En la estación pregunté por él al dependiente.

Sí, pasó algo raro lo vi un rato sentado, lo estaba vigilando por si se le ocurría tomar mercaderías sin pagar, volteé por dos segundos y cuando regresé a verlo ya no estaba, cuando el bus paró a recoger a los pasajeros él no estaba entre los que abordaron.

Salí confundido y mi hijo me dice: “pobrecito el señor Manuel, es un pobre abandonado, sin casa, ni comida, ni abrigo y sin familia ¿dónde pudo haber ido? ojalá lo hubiéramos podido ayudar más.

Sentí un escalofrió al escuchar a mi hijo y solo pude decirle: “un hombre único dijo hace mucho tiempo que todo lo que hicieran por el más pequeño de mis hermanos lo hacen por mi”.

¿Quién papá, quien…?

Hoy que han pasado más de dos décadas, mi hijo y yo estamos convencidos que no pudo ser otro sino el único hombre que ha sido capaz de definir a la historia de la humanidad en un antes y un después de Él.