CUENTO BREVE: Decisiones

Por: Pablo D. Perleche

Ese día no hubo clientes y los pocos que habían venido en días pasados habían pagado con latas de leche, paquetes de azúcar e incluso papas. Era un verano muy caliente los cortes de agua y electricidad eran constantes, los terroristas destruían torres eléctricas de alta tensión más rápido de lo que el gobierno se tardaba en repararlas.

Arturo había abierto el consultorio más por costumbre que por la esperanza de que entraran clientes, era el cuarto día que se le iba en blanco. Ya al atardecer sonó la campanilla de la entrada, en la penumbra vio la silueta de un hombre que entraba con un pastor alemán.

—¡Hola solapita! —saludó el recién llegado.

—¡Que tal Miki! ¿Qué te trae por aquí? ¿No me digas que le quieres dar vuelta al Tifón?

—¡Estás loco! ese perro es el corazón de mi viejita, desde que murió mi viejo le agarró cariño. Antes solo lo reñía para que se deshiciera de él.

—Disculpa hermano, pero todos se han vuelto locos, están trayendo perros sanos para matarlos arguyendo falta de recursos, se los quiero colocar en otros lugares, pero insisten en matarlos, quieren estar seguros de que no sufran.

—Y ¿tú?

-¡Claro que rehúso! Entonces se van donde Junquera que los mata sin titubear.

La luz naranja fosforescente del sol ya por ocultarse en el Océano Pacífico pintaba de oro la ciudad. El ruido del tráfico vespertino de la avenida Saavedra Pinón, el bullicio de los niños que jugaban un partido de fulbito en una playa de estacionamiento y el sonido chillón de las cornetas de los panaderos se filtraban por las ventanas. La noche llegaba dando una tregua a las tensiones del día y la gente se refugiaba en sus casas. Las esquinas principales estaban vacías, algunos papeles y bolsas movidos por la brisa eran lo que quedaba de la pelea ocurrida en la mañana, cuando la gente se disputaba una cuota de leche en polvo, azúcar y otros artículos de primera necesidad racionados por el gobierno, que en los estertores de su mandato intentaba vanamente que alcanzara algo para todos.

Del fondo del consultorio, que era el propio apartamento de Arturo, se escuchaba una canción de cuna, una canción de su esposa esperando la llegada de su primogénito.

—Solapita podemos hablar en privado, te invito una cola donde Eusebio.

—Está bien, cierro al toque, total ya ni las moscas entran al consultorio.

Caminaron en silencio, saludando, todos eran conocidos de la gran Unidad Vecinal de Lima que con sus edificios modulares albergaban a más de dos mil quinientas familias, un compendio del país y que representaba todas sus razas y regiones.

La generación de los padres de Arturo y Miki habían sido los pioneros en llegar a este gran complejo, en un tiempo en que no habían las terribles tempestades económicas, sociales y políticas que destrozaban en esos momentos al país. Ambos se habían criado en esa aglomeración de razas y tradiciones. Arturo, Miki y miles de niños que nacieron allí crecieron en un ambiente sano formando grupos o zonas que rivalizaban en ardientes competencias deportivas, en especial el fútbol. Bastaba que un muchacho saliera a buscar amigos para jugar un partidito y al momento aparecían de las casas de la zona cuarenta o más y había que organizar cuadrangulares para que todos pudieran jugar.

Tras pasar la iglesia, la comisaría y el cine, que ahora estaba condenado, llegaron a la salchipapería de Eusebio que era uno de los pocos negocios con clientes. Pidieron dos Inca Kolas, Miki miraba a los clientes que había y habló en voz baja, asegurándose de que nadie lo oyera.

—Solapita estoy en un problema, somos amigos desde la infancia, necesito tu ayuda.

Miki calló por un instante y Arturo notó que estaba inquieto, se frotaba las manos y un tenue rubor cubría su rostro.

—Embaracé a mi novia — continuó Miki— somos muy jóvenes, estamos trabajando y estudiando, no tenemos tiempo.

En eso llegó Eusebio con las sodas, los amigos notaron que ya algunas canas enmarcaban su rostro andino de perenne sonrisa inescrutable, era de estatura mediana pero corpulento. Ambos lo conocían desde niños cuando comenzó a vender salchipapas en una carretilla pequeña y luego en un remolque para terminar en un gran restaurante. En los buenos tiempos su especialidad era una hamburguesa de treinta centímetros que los muchachos compraban luego de la función de cine.

Cuando Eusebio se retiró, Miki dijo casi susurrando —Necesito una receta por lo bajo— luego carraspeó y continuó apresuradamente — es para un aborto, no puedo pedirlo en un hospital o clínica, tú sabes, es ilegal para los médicos humanos.

— ¡Es ilegal para mí también Miki!

—Puedes hacerlo pasar como para uso veterinario, todo quedará entre nosotros ¡hazme esa gauchada hermano! Te estaré siempre agradecido y también te pagaré tus servicios, sé que estas bajo de recursos.

Miki que había estado mirando fijamente a Arturo bajó la mirada y se puso a seguir con los dedos los coloridos dibujos de frutas del mantel de plástico. Cuando levantó la vista observó que Arturo reflexionaba antes de responder.

—Miki, yo sé, y te lo digo por experiencia, que siempre se encuentra la manera de mantener un hijo.
—Sí, lo sé, entiendo lo que me dices, pero no lo planeamos, no lo queremos ahora, quizás en un futuro, cuando estemos mejor.
—Si piensas así nunca va a existir un tiempo ideal para tener un hijo, siempre van a tener una prioridad que lo evite.

—Pero no tiene ni un mes, será sencillo.
— ¿Crees que es como despegar un pedazo de cinta adhesiva de una pared? El embrión ya de un mes se arraiga al útero materno por sendos vasos sanguíneos, tiene corazón, cerebro y sistema nervioso. Lo sé por mis estudios de embriología comparada.

—Pero todavía no siente y no puede vivir por si solo.
—Miki, por su cerebro y su sistema nervioso ¡el embrión siente! y claro necesita de la madre, pero básicamente es un individuo diferente a sus padres.

—Vamos solapita, yo sé que eres religioso, no seas anticuado, todos los países están tendiendo a legalizar el aborto, aquí estamos jodidos por tanta cucufatería.

—Miki a la franca, yo casi no voy a misa desde que salimos del colegio, lo que te digo es porque siento que algo no está bien.

—Pero solapita nada va a pasar, solo lo sabremos tú y yo.

—Siempre habrá alguien que lo sepa, aunque las sombras nos rodeen, las paredes nos protejan y nadie nos vea.

—Pero solapita tú eliminas perritos y no te remuerde la conciencia.

—Si tengo esa potestad con mis pacientes, pero aun así solo en caso de un sufrimiento innecesario. Si una perrita preñada está en peligro trato de salvarla y a sus cachorros y me apena si no lo logro. En tu caso es un bebito que está creciendo saludable ¿tenemos el derecho de eliminarlo como si fuera un animal irracional, y peor, sin motivo justificable?

—Tu última palabra solapita.

—Hay algo que no cuadra Miki, por más que queramos maquillarlo para convencernos que lo que hacemos es lógico y conveniente.

—Siempre fuiste derecho solapita, pero el mundo inevitablemente se mueve siempre de manera torcida, tendré que ir con Junquera, suerte.

—Miki se paró, palmoteó en la espalda a Arturo y al salir pagó las sodas a Eusebio.

Arturo se quedó sentado reflexionando no era la primera vez que le solicitaban algo parecido, pero antes habían sido clientes que se habían atrevido a requerírselo con la consecuente negativa. Mike era el primer amigo de la infancia que se lo pedía, sabía que su amistad y confianza de años habían cambiado para siempre. Se levantó y en el camino hacia su casa pensó en su hijo que ya casi entraba al séptimo mes de gestación, recordó cuando solo tenía unas semanas y recién había inaugurado su consultorio, estaba lleno de deudas y pocos ahorros, otros hubieran decidido por el aborto, quizás postergar la llegada de un hijo para tiempos mejores. ¿Lo hubiera hecho él? Recordó sus tiempos de estudiante en la facultad y las historias que se tejían acerca del uso de productos veterinarios para su mal uso en humanos. El asunto del aborto le había resultado indiferente hasta ahora que esperaba el nacimiento de su hijo, quizá eso y el saber todo el desarrollo del feto al detalle lo había sensibilizado.

Atravesó la playa de estacionamiento que había sido tomada por niños que con cuatro piedras habían formado dos arcos y disfrutaban un reñido partido de fútbol. Observó un momento sus rostros sudorosos, sus picardías, sus largas vidas por delante. No, él no lo hubiera hecho antes, no lo haría ahora, no lo haría nunca.
Pablo D. Perleche
pablo@identidadlatina.com
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