CUENTO BREVE: Crónica de un regalo

A Daniel le gustaban los retos, le fascinaba planificar como un estratega militar las opciones para vencerlos. Los desafíos laborales, de estudio, familiares o incluso los del clima como los frígidos inviernos de Nueva Inglaterra donde reside desde hacía veinticinco años.

Pero el desafío que tensó al máximo su fibra había ocurrido cuatro años atrás, la providencial detección temprana de un cáncer estomacal y que según su doctor debía ser operado a la brevedad posible.

-Tenemos que extirpar parte de tu estómago donde está el tumor, podría ser el veinticinco, cincuenta o setentaicinco por ciento, cuando estemos operando lo decidiremos- le había dicho el doctor Flaherty.

No había tiempo para pensarlo mucho, tres pruebas consecutivas habían reconfirmado el diagnóstico, la prisa era para evitar que la enfermedad invadiera los ganglios linfáticos periféricos u otros órganos.

-¿Sabes lo que tienes?- le dijo el doctor Kemler luego de la endoscopia al verlo sentado tan tranquilo en la cama. Daniel tenía ya tres días de estar hospitalizado, había visitado a su doctora Bevelock para un chequeo que parecía rutinario y que tras un análisis de sangre fue derivado de urgencia al Hospital -es cáncer, está en tu estómago y es un tumor del tamaño de un limón grande.

-Sí, entiendo doctor, a lo largo de mi vida he visto a esta enfermedad reclamar la vida de muchos amigos, incluso de mi madre y mi hermano menor. Ahora me está pasando a mí, sé lo que es. El doctor Flaherty me ha dicho con una gran serenidad y entereza que Dios y él harán lo mejor que puedan, qué mejor esperanza puede uno recibir?

-Ya avisaste a tu familia.

-Sí, les dije que era una afección seria al estómago y que tenían que operarme urgentemente.

-Deberías decirles la verdad.

-Lo haré después de la operación, no quiero afectarlos más de la cuenta, cuando el doctor Flaherty me diga cómo quedó todo, entonces les informaré.

-Es tu elección, pero deberías tener a alguien que te apoye.

-Tengo alguien que está conmigo de día y de noche.

El doctor Kemler lo miró de soslayo dejando de escribir sus notas.

-¡Oh¡ entiendo, e incorporándose para irse le palmeó el hombro y le dijo -Si! vamos a necesitarlo mucho.

La sala de operaciones le parece sobrecogedora, estar  allí todavía consiente, viendo a los asistentes preparar todo el equipo y al doctor diciéndole “todo va a salir bien  Daniel , tranquilo”, “confío en Dios y en usted doctor” y la anestesista que le acerca una máscara  y al mismo tiempo le inyecta el anestésico y lo desconecta del mundo y los recuerdos… hasta que despierta y no tiene  memoria de lo que pasó, ni siquiera un sueño, solo un vacío del que solo recuerda despertarse y pensar “estoy aquí”. Y luego ve desfilar a los seres que le quieren y que de alguna manera se enteraron de la gravedad de la cosa y le recriminan llorosos el que no dijera la verdad y el sobrinito que rompe el hielo “Tío con tantos cables y luces pareces un arbolito de Navidad”.

-Daniel tuve que extirpar todo el estómago y una porción pequeña del esófago, pero la operación fue un éxito y no encontramos invasión en los ganglios u órganos, pero por precaución dentro de un mes tendrás que someterte a quimioterapia por seis meses le dijo el doctor Flaherty.

Posteriormente el oncólogo le dijo que también tendría que recibir treinta días de radiación, mientras esperaba ese mes, una multitud de dudas le invadieron, ya que si no había nada más de la enfermedad y estando todavía sin pérdida de peso, no quería embarcarse en esos tratamientos tóxicos e invasivos. Lo estuvo meditando y consultando a familiares y amigos que eran doctores y le daban diversas opiniones. Cuando más confundido se encontraba la decisión vino de donde menos la esperaba.

-Daniel yo no soy creyente, pero tú sí lo eres, mira cuando te apliquen el químico o la radiación piensa que en vez de ellos es Jesús que está entrando en tu sangre- el esposo ateo de una prima dio en el clavo, desde allí Daniel solo tuvo ese pensamiento en cada sesión y no tuvo casi ningún efecto de náuseas, ni de pérdida de cabello, pero sí mucha debilidad y una disminución del veinte por ciento de su peso regular, quedando muy delgado.

Por cuatro años tuvo que aprender a comer muy poco pese a que tenía apetito, lo bueno era que tampoco bajaba de peso y pudo reanudar todas sus actividades, incluso el juego del fútbol sin restricciones.

Vivía también con la duda de que si no hubiera bastado solo con la operación y aunque agradeció a Dios y los doctores siempre le quedaba un rezago de que algo mejor pudo pasar. Hasta que vio nacer a su primer nieto y recordó las palabras del doctor Flaherty en su último control médico, “Daniel deja ya de buscar un por qué, estas muy bien, agradece de todo corazón a Dios este don, este regalo y piensa que gracias a esta oportunidad aún perdiendo algo, has podido ver graduarse de la Universidad a tus hijos y jugarás pronto con tus nietos. Si no fuera por la operación era seguro que no lo hubieras hecho ¡alégrate Daniel!”

Decidió pues agradecer a su cirujano como no lo había hecho antes y lo haría con lo mejor que le gustaba hacer, entonces escribió un cuento, lo guardó en su portafolio y salió a regalárselo.

 
Pablo D. Perleche
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