CUENTO BREVE: Apuntes de la Vida

CUENTO BREVE

La clase terminó ese apacible viernes del otoño de 1981. Los alumnos ordenadamente guardaron sus instrumentos, sus libros y comentando en grupos se fueron retirando. Samuel se mantuvo sentado frente a la mesa de disección observando a su perro, especialmente la cabeza que era una masa informe, había demorado unas tres semanas en disecar y memorizar todas sus estructuras. Revisó luego los primeros cortes que había dado para comenzar el capítulo de la cavidad torácica.
Se le acercó su mejor amigo, Virgilio: “Samuel ya estuvo bueno, vamos, tienes que ir a cambiarte, recuerda la fiesta empieza a las siete y tú vives muy lejos. Sino llegas temprano te la van madrugar, tienes que declararte hoy mismo. Mira que te has esforzado tanto en cortejarla”.
–Esa es la cosa Virgilio, cuando más trato y me esfuerzo parece que más me ignora.
–Así son las hembritas hermano, se hacen las difíciles pero en el fondo están que se mueren por estar con uno.
–Estoy bien tenso, este curso de Anatomía me gusta y me lo tomo en serio y al mismo tiempo está Marta que se me ha metido entre ceja y ceja ¡Vistes, salió del salón rodeada de sus amigas y sin siquiera despedirse! Ayer mismo le tomé la mano y pude robarle un beso y no me lo reclamó y hoy… ¡carambas, como si nada hubiera pasado!
–Son las cosas del corazón chochera hay que tomarlas como vayan viniendo, acaso sabemos dónde nos llevará el discurrir de la vida, ¿cuál será la mujer con la que formaremos una familia?, ¿será esta?, ¿o fue la que dejamos pasar el año pasado?, ¿o la que cortejaremos el año entrante? O a lo mejor no nos casaremos nunca y viviremos solitarios tocando puertas indefinidamente hasta el fin de nuestros días.
–Ya te pusiste a filosofar Virgilio, mejor nos vamos, tienes razón debo llegar temprano, ¡no sea que esta Marta sea la que es para mí, para siempre!

Los amigos habían quedado solos en el amplio salón donde había cuarenta mesas, cada una con un perro disecado con formol y que serían estudiados durante todo el semestre. Al retirase notaron que su profesor, el Doctor Guzmán, estaba ordenando unos papeles detrás de un armario.
–Disculpen no pude evitar escuchar su conversación, son cosas privadas pero permítanme darles un consejo: sea esta u otra la pareja que les depare el destino, necesitarán recursos para mantenerla a ella y a los hijos que procreen. Tienen una buena oportunidad de ser profesionales y ganarse el dinero que requieran, son buenos alumnos, sus notas, su actitud y su empeño lo demuestran. Prioridades, el verdadero amor espera. He visto muchachos tromes abandonar sus estudios por cegarse ante lo obvio. Les repito, ustedes son adultos y deciden su destino, esto es solo un complemento de su profesor que ha visto un poco más del mundo.
Los jóvenes agradecieron al Doctor por sus consejos y salieron. El profesor Guzmán era él mas admirado y querido en la Facultad de Medicina Veterinaria, excelente para enseñar, no era irascible y sobrado como la mayoría de los otros docentes. Si los muchachos supieran en esos momentos que dentro de dos meses la vida del doctor Guzmán se truncaría al volcarse su camioneta camino a Arequipa, de seguro que le hubieran dado un gran abrazo, “no viaje ese día a Arequipa doctor”.
Pero ni ellos ni nadie pueden saber qué pasara en el año, el mes, el día, la hora o incluso el minuto siguiente, lo más que podemos hacer es intuir lo que vendrá, pero no podemos garantizarlo. Si supiéramos lo que nos depara el futuro viviríamos una vida más ordenada, respetándonos y respetando a los demás. Afortunadamente para unos existe el sentido común que los conduce a ser más llevadera esa incógnita, digo para unos porque para otros su existencia es desconocida.

Los amigos caminaron hasta el paradero de Salamanca de Monterrico y tomaron su microbús junto con otros alumnos, comerciantes con grandes bultos de mercaderías y apostadores que salían del Hipódromo luego de dejar hasta el último centavo. Tras media hora bajaron en el jirón Abancay, a la altura del Parque Universitario. Se desplazaron en medio de un mar humano de trabajadores estatales, tramitadores de documentos, mendigos, vendedores ambulantes de ropa, de alimentos y de todas las mercaderías imaginables desde electrodomésticos hasta animales exóticos. Ellos también formaban parte de esa inmensa jungla de cemento, se cuidaban en especial de los dos más viciosos depredadores que los podrían atacar en cualquier momento: los rateros de todo tipo y los policías que veían en cualquier universitario a un terrorista. Terroristas que pese a su ínfima minoría habían llevado al país a su más grande desgracia humana al tratar de imponer sus infames y fanáticas ideologías.
Pasaron por la antigua Casona de San Marcos, sintiéndose orgullosos de pertenecer a esa prestigiosa universidad, la primera fundada en todo el continente americano. Allí se separaron, Virgilio enrumbó a La Victoria y Samuel hacia el Callao.
–No te olvides a las seis y media en la Marina al frente de la Feria, de allí yo conozco cómo llegar –gritó Virgilio cuando ya se habían alejado unos metros.
Samuel asintió levantando la mano, forzando una sonrisa.

Eran las seis y cuarto, Samuel esperaba tiritando, ese mes de Junio había sido uno de los más fríos de la historia de la antigua Ciudad de los Reyes. Las instalaciones de la Feria estaban desiertas, ya iba a impacientarse cuando vio llegar a Virgilio.
– ¡Carambas puntualito! , que bueno, así mismo mandate con Marta, pulcramente, no a lo bruto como lo hiciste ayer, ese es un método de mucho riesgo, muy pocas veces liga, en la mayoría de los casos te encuentras con una trompada.
Había muchos invitados, algunos eran de la Facultad. Marta estaba esplendorosa con un ligero traje azul que dejaba resaltar la blancura de sus hombros y espalda sobre los que destacaba su rizada y rubia cabellera.
La mamá de Marta, muy joven y jovial, trataba de unir a los grupos rompiendo el hielo con propicios e inteligentes comentarios. Las cervezas corrían de mano en mano, no en exceso pero sin escatimar tampoco. Al comenzar la música Samuel se cuidó de ser el primero en bailar con Marta, los de la Facultad les comenzaron a hacer un corrillo de grititos maliciosos, insinuando la posible relación. Pero Marta bailaba con una indiferencia que crispaba los nervios de Samuel.
Al promediar la fiesta llegó un grupo, al parecer eran conocidos y fueron bien recibidos por la gente de casa. De ellos un muchacho un poco mayor que los de la Facultad se acercó a Marta, la besó y la sacó a bailar, a lo que ella respondió y bailó muy animada. La palidez en el rostro de Samuel hacía presagiar sombríos resultados a sus compañeros de estudios. Marta y el joven recién llegado bailaron todavía dos piezas más, antes de sentarse. A la siguiente melodía Samuel se pudo al fin desprender de su asiento y como catapultado por su amor propio se dirigió a solicitar el baile a Marta. El muchacho desde lejos le dijo: “suave causita, ella solo baila conmigo”.
Samuel ignorándolo por completo siguió insistiendo a Marta que vacilaba ante la mirada apremiante de Samuel.
– ¡Te digo que ella solo baila conmigo!–dijo agresivamente el foráneo tocándole con fuerza el hombro a Samuel. Lo que siguió fue tan rápido que la mayoría pensó que los contrincantes se habían volatizado en el aire. Samuel había agarrado el brazo de su rival y desvió el golpe que se le venía con la otra mano y estampó un potente cabezazo en la cara de su contrincante y cayeron ambos al suelo por la inercia. Samuel, aprovechando la sorpresa le propinó a su rival una andanada de golpes que resonaban sobre la gritería de los asistentes. Los amigos del golpeado se abalanzaron sobre Samuel que fue rescatado por sus colegas.
–Nos vamos– dijo Virgilio, abriendo la puerta por donde sus amigos retiraron a viva fuerza a Samuel que lanzó una mirada terrible a Marta antes de salir de la sala.

¿Qué cómo pasó Samuel esa noche y el largo fin de semana, con su conciencia y sus remordimientos? Serían materia para otra historia, baste con saber que apenas si, concilió el sueño y el apetito tan sibarita que tenía se esfumó. Por más que se devana los sesos en dar con las intenciones de Marta, más se le hacían incomprensibles los hechos. Ella por fin le había dado entrada y la veía muy formalita sin ceder ante sus avances, lo que le había llevado a valorarla por su integridad. Entonces, ¿por qué esa coquetería atroz con ese recién llegado?, ¿de dónde esa confianza tan desmedida? Definitivamente, pensaba, esta Marta fingió muy bien conmigo, es una redomada pilla, concluía en sus deducciones, para enseguida mortificarse con la supuesta relación que ella había llevado a su espalda.

El lunes, Samuel llegó temprano, toda la mañana tendría el curso de operatoria. Él trataba de no mirarla o fingía no hacerlo, pero Marta lo sorprendió varias veces lanzándole penetrantes miradas en las que se mezclaban el amor y el odio.
Samuel, incrédulo notó desde el principio que Marta sonreía como si cada cruce de miradas fuera la ocasión de celebrar un chiste. Esto acrecentaba el odio pasional con que la miraba y al mismo tiempo elevaba exponencialmente la sonrisa en la cara de la muchacha, a la que solo le faltaba ponerse a reír a carcajadas. Al terminar la clase, Samuel salió disparado en dirección a los establos que en ese momento estaban desiertos y sintió unos menudos pasos que lo seguían.
– ¡Samuel para, espera!
Volteó y vio a Marta que corría a su encuentro.
– ¿Qué quieres divertirte conmigo, eh?, ¿con cuántos más juegas al mismo tiempo, ah? ¡Habla ya perdida!
Pese a la dureza de esas palabras Marta siguió riendo hasta estallar en carcajadas.
–Estas loca Marta, recontra loca, pensé que me querías, tanto como yo… ¡qué carajo hasta he perdido el gusto por las comidas y no puedo dormir pensando en ti!
Marta lo abrazó y lo besó intempestivamente.
– ¡Estás perdida! – le dijo Samuel lanzándole una mirada fulminante y lográndose separar del sorpresivo abrazo.
–Loco, perdido de amor y celos estas tú, ¡machucaste sin piedad a mi hermano mayor!, que por cierto quiere hablar muy serio contigo y a la brevedad posible.
Samuel se apoyó en el barandal del establo. La luz deslumbrante de un futuro esperanzador le dio de golpe en la cara.

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