Colombia, en la encrucijada del progreso y la paz social

En el deseo de Colombia por salir de la oscuridad de la violencia y la zozobra social, hay un factor que es necesario mirar con claridad: los efectos directos y colaterales que sobre esta sociedad tiene el tráfico ilícito de drogas.


Hoy por hoy son muy pocos los colombianos que están convencidos de la toma del poder popular a través de las armas, y prueba de ello es la impopularidad de los movimientos guerreristas o “guerrilleros”, como se definen así mismos los que se rebelan contra el Estado. Las causas de este desprestigio vienen de atrás. Con el florecimiento de las ideas de vanguardia en los años 60, la aparición de la canción protesta en las voces de Víctor Jara, Mercedes Sosa, Violeta Parra, Joan Manuel Serrat, entre otros, y con el sueño utópico de los estudiantes de París en la primavera de 1968, el mundo se vió abocado a cambios repentinos, drásticos, que hablaban de la posibilidad de una era mejor, de paz y progreso, en las comunidades más pobres. Desde los Estados Unidos y al inicio también de esa década, el presidente demócrata John Fizgerald Kennedy, había alentado esa esperanza a través de la ayuda efectiva de los Estados Unidos a los menos favorecidos.

La Revolución de Cuba, a las puertas de ese tiempo prodigioso, como fueron los años 60, impulsó esos propósitos por todo el orbe. La isla caribeña era la primera en proclamar el Socialismo en el continente americano, a reducidas millas de las costas de los Estados Unidos, y el efecto de ese hecho, multiplicó el fervor revolucionario por el planeta, como lo quería el ideólogo argentino Ernesto Che Guevara. Para él, la revolución era como una “chispa en la pradera”, una mínima lumbre que incendiaría todo el mundo con una convicción de cambio, hermandad, justicia y eliminación de las clases sociales.

Ese ideario prendió en China, Vietnam, Camboya, Angola, y buscó camino también entre las masas desesperadas de la América del Sur. La URSS florecía y nada hacía pensar en su abolición. Colombia no fue ajena a ello; dos movimientos reclamaron los ideales guevaristas y cubanos, y se lanzaron a la aventura, en las montañas, en desafío abierto al régimen tradicional, con las armas. Fueron ellos, el Ejército de Liberación Nacional, ELN, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc. En la primera, debutaron algunos sacerdotes comprometidos con la Teología de la Liberación, tales como el español Domingo Laín, y el colombiano Camilo Torres, también profesor de la Universidad Nacional.


El fin de la utopía revolucionaria

Esa decadencia también se notó inmediatamente en Colombia, un país diverso, de múltiples topografías y microclimas, con dos océanos y variopintas culturas étnicas. Fue quizá la irrupción del narcotráfico, en los años 70, el martillo que terminó por derribar los ideales revolucionarios de la juventud colombiana. De un momento a otro, hombres venidos de las barriadas, demostraron a través del tráfico ilegal de drogas, que podían cambiar el mundo, sus condiciones económicas, de la noche a la mañana, sin tener que pasar por largos procesos revolucionarios. Algunos crearon empresa y otros se entregaron a la vorágine del lujo. La mayoría de ellos han muerto víctimas de guerras intestinas, como ocurre en México, o permanecen en la cárceles de los Estados Unidos, extraditados, lejos de sus antiguas fortunas. Pero el proceso de cambio económico, basado en el narcotráfico, continúa. Son miles los jóvenes colombianos que hoy, desafortunadamente, ven en ese camino una manera rápida de cambiar sus vidas, su destino económico.

Algunas voces de intelectuales y periodistas colombianos se han alzado para pedir la legalización y control de esta droga, por parte de los gobiernos. Una medida como esta, por ejemplo, bajaría inmediatamente su precio, y liberaría al mundo suramericano, entre ellos México, principal corredor de droga hacia EE.UU, de guerras intestinas, crímenes, asesinato de policías, de periodistas y civiles. La guerra que involucra este tráfico también tiene que ver con la prohibición y la penalización del mismo.

Los traficantes de droga, ávidos de lugares inexpugnables, lejos de la acción de las policías locales e internacionales, encontraron en los años 80 a unos aliados insospeschados: los guerrilleros que se parapetaban en la profundidad de las selvas y las montañas. A cambio de un pago por vigilar plantaciones, los grandes capos hicieron sociedad con las Farc, lo que les reportó grandes beneficios económicos. Por ser un grupo fuera de la ley, las Farc aceptaron el encargo, pero posteriormente, decidieron tener sus propias plantaciones y procesar su propia droga. Es por ello que se convirtieron rápidamente en uno de los movimientos terroristas con mayor poder en Colombia. Compraron armamento sofisticado, uniformes, maquinaria, tecnología, y ampliaron sus frentes de combate por todo el territorio, en guerra abierta no sólo con el ejército, sino también con los grupos paramilitares, creados por empresarios privados.


Rehenes y secuestrados

El pasado domingo 9 de spetiembre, la Cruz Roja Internacional, anunciaba el retorno a la ciudad de Cali, de los cadáveres de 11 diputados de la Asamblea Departamental del Valle del Cauca. Ellos fueron secuestrados y mantenidos en cautiverio por espacio de cinco años, en poder de las Farc, y luego asesinados en confusos hechos. Mientras el gobierno asegura que fueron ejecutados por las Farc, estos alegan que los diputados murieron en el fuego cruzado con un grupo rival, no es claro si de las fuerzas intitucionales, o de los paramilitares.

En poder de las Farc permanecen otros secuestrados, civiles, militares, políticos, entre los que destaca la figura de Ingrid Betancourt, la candidata a la presidencia, quien lleva ya más de cinco años en cautiverio. Francia, nación de la cual ella posee ciudadanía, ha adelantado grandes esfuerzos para su liberación, y ha aumentado la presión mundial para ello, a través del presidente Nicolás Sarkozy. Hoy, el presidente de Venezuela Hugo Chávez, ha ofrecido ayuda a Colombia para la liberación de estos rehenes, a cambio de guerrilleros presos y de un territorio franco para las Farc. A este hecho se le ha denominado “Intercambio humanitario”.

Mientras avanzan las posibilidades de negociación, a través de Venezuela, Colombia continúa llorando a sus muertos, víctimas inocentes de un cruce de poderes, ahora económicos, donde el narcotráfico ha hecho su nicho.

La situación de Colombia, pues, no es sólamente un problema nacional, sino que amerita la presencia de otras naciones civilizadas del mundo, que contribuyan a sacar de la oscuridad a este conflicto que detiene cualquier avanzada de progreso y de justicia social, en ésta, una de las naciones más bellas del mundo.

*Escritor colombiano

Medardo Arias Satizábal
medardoarias@yahoo.com

Avatar
Acerca del Autor