Campamento

CUENTO BREVE

Hay un momento en que todo niño de la ciudad siente una curiosidad de conocer el campo, o la naturaleza salvaje, hastiados de tanta jungla de cemento y smog. En la mayoría no pasa de ser eso, solo una curiosidad, en otros pocos el llamado es fuerte, a veces demasiado, sobre todo tras la primera vez de experimentar ese aire puro de los bosques, el sonido del silencio y las increíbles e insondables noches estrelladas imposibles de ver desde las metrópolis.
A Dámaso le llegó su turno cuando cursaba el cuarto año de primaria en el colegio privado de varones de Breña en Lima. Su escuela organizó un campamento a las sierras de Matucana con ocasión de las vacaciones de medio año. Cuarenta muchachos se apuntaron, algunos como Dámaso por vez primera y otros de grados superiores ya lo habían hecho en varias ocasiones. Y he aquí que tras aprovisionarse de alimentos, equipo, ollas y una carpa inmensa, como la de un circo, estaban ya listos.
– ¡No se olviden de sus bolsas de dormir! –gruñó el profesor Núñez– ¡Y el que no tiene una, que cosa dos frazadas con una aguja de arriero, pues sin bolsa no viaja!
La mayoría de alumnos eran de buena posición económica y ostentaban unas fabulosas bolsas de dormir extranjeras. No pasaba lo mismo con Dámaso, alumno becado, que tras mucho rogarle a su hermano Roberto consiguió que este le prestara su frazada y con una aguja gigante las cosió como un inmenso sobre dejando solo una abertura para introducirse.
Llegaron a Matucana en un ómnibus, escoltado por un pequeño camión con todo el bagaje, siguieron por una carretera de herradura hasta que llegaron a una explanada junto al rio Rímac. El profesor Núñez tras elegir el lugar ordenó el levantamiento de la inmensa carpa donde cabían holgadamente todos los excursionistas.
Los choferes se despidieron con la promesa de regresar en cinco días, que era el tiempo que durarían las provisiones. Núñez proclamó unas reglas estrictas y formó grupos que deberían estar en contacto siempre.
– ¡Si alguien se lesiona o se pierde es por que no tiene materia gris! No vamos a arruinar todo este campamento por uno o dos que se crean la divina pomada y si yo los cazo en falta tengan la seguridad de que les parto el trasero de un patadón–. En esos felices años los profesores tenían la autoridad tácita de los padres para castigar a los alumnos reincidentes en indisciplina y si estos se quejaban recibían de sus progenitores otra reprimenda con el razonamiento de que “por algo te habrán dado”, era una época más ordenada, más respetuosa.
El día comenzaba con un baño en los helados puquiales que eran chorros de aguas subterráneas que brotaban de las laderas de las montañas. Luego se tomaban un vivificante desayuno de café con galletas y perros calientes e inmediatamente salían a explorar por los alrededores donde había varios cultivos de hortalizas y también árboles frutales. Los excursionistas llegaban siempre con bolsas de manzanas y peras recogidas al paso. Trepaban los empinados cerros y a algunos les daba soroche o mal de altura pues estaban a 2,400 metros sobre el nivel del mar. Llegaban hambrientos al almuerzo y de allí salían a otra correría por lo alrededores y antes de caer la noche llegaban extenuados y preparaban unas inmensas ollas con tallarines a los que les añadían atún en conservas. Para complementar la velada encendían una inmensa fogata y se ponían a contar historias tenebrosas o a realizar rudimentarias obras de teatro, hasta que Núñez ordenaba que todo el mundo se metiera en su bolsa de dormir. Previamente iban al rio a lavarse y se maravillaban del cielo lleno de estrellas que brillaban en toda la bóveda del cielo de cerro a cerro.
Tras cuatro días de vivir en el campo algunos ya querrían regresar urgente, extrañando sus hogares y las facilidades de la moderna civilización. Otros como Dámaso por el contrario se habían enamorado de esa vida primitiva en contacto directo con la naturaleza y les pesó sobremanera cuando llegó el ómnibus para regresarlos a Lima.
El año escolar siguió su discurrir y al concluir Dámaso tenía una idea fija repetir el campamento, lamentablemente este solo se daba a mitad de año. Sin desanimarse en sus propósitos se dedicó a buscar amigos que quisieran organizar uno. Nadie se interesó de verdad. Solo su hermano Miguel que estaba en primer grado se decidió a ir con él. La obsesión de Dámaso lo llevó a planificar el viaje de forma temeraria y un viernes de Enero por la mañana, desoyendo las advertencias de sus padres, se escabulló con su hermanito, justo cuando estos se acababan de ir a trabajar.
El viaje fue una aventura, demoraron seis horas en llegar, muy diferente a las dos horas que había hecho Dámaso con sus compañeros de escuela. Cambiaron cuatro diferentes líneas de ómnibus y la última los dejó en Ricardo Palma, desde allí tomaron un colectivo que los dejó en Matucana y luego se dirigieron a pie al lugar donde hacía seis meses había acampado con sus compañeros. Cada uno cargaba un morral con ropa, provisiones y una frazada. El cielo estaba muy oscuro pese a ser solo las cuatro de la tarde, una capa cerradas de nubes envolvía el valle cuando Dámaso y su hermano fueron deslumbrados por un fogonazo azul blanquesino y luego escucharon un fragor como el disparo de un inmenso cañón. Era la primera vez que veían un rayo y escuchaban un trueno, en la capital no los habían experimentado.
Dámaso muchacho atolondrado pensó que nunca iba a llover pues cuando ellos estuvieron allí no ocurrió. No se le había ocurrido pensar que ellos viajaron en temporada seca y ahora lo era de lluvias. El rio estaba crecido, no tenían carpa y no había ninguna vivienda en los alrededores. La tormenta bajaba amenazadora por el valle y se dirigía hacia ellos que no atinaban a dónde ir.

– ¿Qué hacen aquí guagüitas? – Sobresaltados voltearon y vieron dos agricultores, un hombre y una mujer, ambos de mediana edad– ¿Qué hacen aquí solitos? – repitió el hombre
–Venimos acampar, yo estuve hace seis meses y me gustó –dijo Dámaso.
–Sí, vienen varios grupos pero con sus profesores y con permiso de sus padres.
Dámaso no respondió.
–Ayudémoslos Germán –intercedió la mujer.
–María no podemos llevarlos con nosotros, tienen que aprender la lección, a los padres se les hace caso.
–¡Ayúdalos Germán, solo tienen frazadas!
–¡Esta bien! Comiencen a cortar ramas de ese eucalipto y luego saquen las hojas enteras de ese árbol de plátano.

La lluvia se acercaba y los destellos y los truenos eran cada vez más cercanos. Los niños siguiendo las instrucciones de Germán armaron un rudimentario entrevero de ramas arrimadas al costado de una roca plana en la base de una colina, a la que luego cubrieron con las hojas de plátanos en posición horizontal y luego vertical, con lo que el refugio quedó a prueba de la lluvia debido a la cualidad de impermeabilidad de las hojas del plátano.
Los niños le pusieron empeño y al terminar voltearon a agradecer a los campesinos y estos ya no estaban. El asombro que les invadió no les duró mucho, pues casi inmediatamente comenzó a llover a cántaros. Los muchachos se refugiaron con sus morrales dentro de la improvisada choza y comprobaron lo acertado de las indicaciones de Germán, pese la tormenta se mantenían secos. La oscuridad era completa solo interrumpida por los rayos inmensos que daban un aspecto fantasmagórico a los alrededores. Miguel comenzó a sollozar bajito.
No te preocupes hermanito arrímate junto a la roca, yo vigilaré la entrada. Dámaso también estaba preocupado pero tenía que evitar demostrárselo a su hermano. Las horas pasaron pero no la tormenta que atronadoramente parecía que había sido echa para castigo de la desobediencia de Dámaso. Comieron unas galletas y tomaron refrescos embotellados y Miguel se quedó dormido confiado en su hermano que vigilaba la entrada a la choza con su cuchillo de campo, enterrado en el suelo listo a vender caro su pellejo ante cualquier ser viviente que osara atacarlos.
Cada vez que Miguel despertaba sollozaba y Dámaso lo calmaba hasta que se dormía otra vez. El durmió a sobresaltos, los músculos tensos, dispuesto a todo. Con las primeras luces del alba llegó la calma y la tormenta se fue extinguiendo hasta que el sol apareció sobre los elevados cerros. Los muchachos cansados y con las articulaciones adoloridas, salieron de su refugio, prepararon un poco de café y perros calientes. El alimento humeante los reconfortó y Dámaso propuso quedarse un día más.

–¡Hermano ya no! Aprendamos la lección, regresemos, nuestros padres deben estar muy preocupados.
–Bueno, pero exploremos un poco y nos vamos.
–Bien.

Vieron que habían caído cerca varios deslizamientos de tierra y juzgaron que la Providencia había sido muy buena con ellos. Sobretodo al enviarles esos dos campesinos que en la desbordada imaginación de los muchachos no habían sido sino unos ángeles que los habían salvado.
Tras el trajín de los buses de regreso llegaron a Lima cuando anochecía. Su padre los esperaba en una silla en la puerta de su casa y miraba a Dámaso sin pestañear.
–Debería darte la paliza de tu vida pero quiero preguntarte una sola cosa ¿valió la pena arriesgar tu vida y la de este niño?
–No padre no hay nada que lo justifique, he sido un inconsciente ahora lo veo claro.
–Pues razona siempre antes de emprender una aventura, tu vida y la de tu hermano no se pueden duplicar, son únicos. Lo que pudo haber pasado, y tú sabes que estuvo cerca de pasar, sea el castigo para ti y tu conciencia. ¡Y ya vayan a bañarse, huelen a zorrillo!
Pablo D. Perleche
pablo@identidadlatina.com

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