Algo definitivo

CUENTO BREVE

No supo precisar si se decidió antes o después del beso. Lo cierto es que no pudo evitar atraerla hacia él con desesperada pasión, que se había ido acumulando a través de tantas conversaciones dispersas, aparentemente triviales y que habían ido forjando ese idilio y ahí estaba, al alcance de la mano. Esteban hizo un esfuerzo supremo de la voluntad para no seguir adelante. Le temblaba la quijada al ver los ojos cerrados de Marlene, su pelo suelto exultante, su cuerpo hecho para el abrazo desaforado. Dio un paso atrás tratando de apartar con la mano ese visible fantasma que los separaba, esa conciencia que se materializaba más fuerte que el deseo, que lo frenaba al borde de la lujuria. Ella comprendió y regresó a la oficina, había forzado la situación al máximo y sabía que él vendría, ya mismo, quizás ese día o a la semana siguiente, ella sabría esperar.

Esteban, lívido como fantasma bajó los diez pisos desde su oficina hasta la calle. En su casa, antes mucho antes, su esposa Giuliana y sus tres hijos lo esperaban siempre entrañablemente. La vida estresante de su trabajo le fue guillotinando paulatinamente el tiempo que compartía con su esposa y sus hijos. También los comentarios, maliciosamente infundados de las supuestas amistades habían ido resquebrajando silenciosamente la feliz unión.

Hacía mucho que habían comenzado el día del primer grito, el primer portazo, la primera salida intempestiva de Esteban a la calle al sentirse herido en su confianza. Los niños lo veían todo y absorbían el veneno mortal que comenzaba a destilar el hogar. Hasta que la primera reconciliación puso los paliativos, pero no la cura y siguieron subsiguientemente la segunda, la tercera, la cuarta… la octava reconciliación…y así.

Esteban comenzó a comentar a Marlene, poco a poco, como quien no quiere la cosa, el motivo de su cara cansada, de sus hondos suspiros, hasta que ésta alcanzó la posición de confidente. Llegó a saber toda su vida, sus manías, deseos y frustraciones. El resto lo agregaron las circunstancias. Ese día la pelea hogareña tomó gigantescas proporciones y los gritos remecieron hasta sus cimientos el otrora dulce hogar.

Y ahora Esteban deambulaba por su distrito sin entender por qué no cogía lo que naturalmente se le brindaba. Era lo lógico, el hogar casi desecho y ese bálsamo de Marlene, tan al alcance de la garganta sedienta de algo de amor, de paz. Regresó a su oficina, pero no regresó a su casa.

Pasó el tiempo, Esteban trataba de pensar, de creer que se estaba reconstruyendo un camino que reemplazaba al que había dejado abandonado, destruido. Si bien todo apuntaba a eso, la desolación en el rostro de Giuliana y de sus tres hijos que enfrentaba cada dos semanas, fue minando toda su seguridad, el aparente aplomo con que desafiaba al mundo.

Los principios, esos teóricos consejos con los que fue criado y que creía ya superados, sumados a un sentimiento más fuerte que él, lo llevaron de la mano a los remordimientos. Y estos a la desolación.
No pudo precisar cuándo, pero un día durmió solo unas tres horas, al siguiente una y en los siguientes no pudo conciliar el sueño por más que lo intentase. Paralelamente dejó de comer, él, tan afecto a la buena mesa, perdía peso y la ecuanimidad a pasos agigantados. El médico le diagnosticó una depresión galopante y un largo periodo de recuperación.

Tirado en su cama sin poder descansar, recordó su niñez con sus padres, sus años de colegio, sus visitas a la iglesia. Trató de rezar, pero hacía tanto tiempo de eso, que no pudo recordar una sola oración completa. Solo pudo articular un “¡Dios mío, ayúdame!”.

Venciendo toda reticencia fue a visitar a Carlos, un amigo de la infancia, que ahora era un prestigioso doctor. Esteban se había borrado del mundo y trataba de que el menor número de personas se enteraran de su mal. Hacía tiempo que había dejado de ver a su esposa e hijos que no sabían de la gravedad del mal que lo estaba destruyendo
– ¡Esteban, qué sorpresa, después de tantos años! ¡Pero qué cara traes!, con las justas te he reconocido.
–Hermano ayúdame estoy fregado y me estoy acabando.

Esteban contó todo a su amigo, que lo escuchó sobándose esporádicamente el mentón. Con una mirada atenta y compasiva tras sus delgados espejuelos trataba de entender a su amigo, que hablaba muy rápido como si le hubieran abierto una válvula de escape y todo el dolor acumulado en su espíritu salía a un instante. Le consiguió cita con otro especialista que lo ayudó a reencontrase consigo mismo y con la humanidad. Carlos hizo algo más por Esteban. Sin que este lo supiera visitó a Giuliana y le contó los pormenores del infierno que atravesaba su amigo.
–Gracias doctor, pero la herida que él me causó es definitiva, no se puede volver en el tiempo. Ahora si me permite…
–Carlos se levantó y antes de salir agregó: “Señora Giuliana lo único definitivo es el amor, muchos dicen que es la muerte, pero es el amor, piénselo”– y salió sin esperar respuesta.

Esteban que ya podía dormir se había levantado ese sábado con un optimismo naciente, cuando escuchó que llamaban a la puerta. Abrió sin preguntar y anonadado vio a sus tres hijos y a Giuliana que lo miraban apremiadamente. Pasaron unos segundos eternos y luego sin mediar palabra los cinco se estrecharon en un abrazo incondicional.

Al día siguiente Esteban fue a agradecer a Carlos por su gesto de doctor y amigo.
–Tuviste suerte de salir de esta, Esteban, generalmente en muchos casos como el tuyo no se dan todas las condiciones para sanar completamente. No deberían ocurrir estas situaciones.
–Si amigo no deberían ocurrir, estuve caminando por hondos y oscuros valles, creo que ya veo luz al final del túnel.
–Afortunadamente, y ¿qué vas a hacer ahora?
– ¿Sabes?, tengo que saldar una cuenta muy antigua…– y esbozando una sonrisa en su convaleciente rostro añadió –… voy a ir a misa este domingo.
Pablo Perleche
pablodperleche@aol.com

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