Ahora que todo acabó

Cuento Breve

Siempre pensé que el, todo tiempo pasado fue mejor era una expresión que se reinventaba con cada generación que olvidaba el deleite de gozar el tiempo en que vivía. Lo pensé desde mi niñez hasta que me acerqué al medio siglo de existencia, incluso cuando el apocalipsis ya estaba bajo nuestras narices. Sin embargo, hoy sé que ya no habrá un tiempo mejor de que vanagloriarse, pues este es el fin de los tiempos.
Esta situación no ocurrió por una catástrofe de la que con esfuerzo se puede volver a empezar, como la del pavoroso actuar del ser humano en el genocidio nazi o el exterminio causado por los soviets. Ni de pandemias como la peste negra o la influenza española o desastres naturales como terremotos, ciclones e inundaciones. Esta es total, y causada por cada uno de nosotros, sin excepción, con la contaminación de nuestros desechos habíamos herido de muerte al planeta y agonizábamos con él.
Yo que viajé mucho ya no podré presumir de mi calidad de ciudadano del mundo. Este cambió con el calentamiento global que causó el deshielo de los casquetes polares con las consecuentes inundaciones que produjeron la desaparición de todas las zonas costeras y de las islas del Pacífico. Este calentamiento también provocó las sequías de los graneros del mundo, las grandes hambrunas y el colapso salvaje del mundo organizado.
Las terribles noticias de guerras por un poco de agua y comida, la consunción y muerte de cientos de millones de seres humanos llegaban esporádicamente a mi refugio en Maine, en lo que fue Estados Unidos. Esta región que todo el año tenía un clima frío exhibía ahora una temperatura tropical, allí había decidido esperar el fin. El calor aumentaba gradualmente cada año, pero yo sentía como si fuera día a día. El agua era el bien más precioso, junto con un trozo de alimento diario. No se confiaba ya en nadie y la gente se agrupaba en comunidades para defenderse, ya sin noción de países, sin nacionalismo, solo una relación elemental que buscaba la supervivencia. Muchos a manera de expiar las culpas esperábamos a que alguna de las potencias diera el tiro de gracia nuclear y dejar así de sufrir, pero al parecer ya ni ese favor podíamos esperar, los gobiernos habían colapsado y el tan temido botón del fin del mundo había encontrado un sustituto más sutil y lento. La contaminación había causado la extinción de más de tres cuartas partes de las especies vivientes y diezmado severamente a las demás, la nuestra hacía ya buen tiempo que venía extinguiéndose lentamente debido a los derechos de privacidad personal, asumidos por todas las legislaturas del planeta.
En mi comunidad me había convertido en un mini compendio de una cultura ya sin referentes. No solo mis conocimientos de ingeniera me convirtieron en líder, creo que fue más por mi don de contar historias de un mundo ya inexistente. Más que la localización de pozos de agua o el extraer unas calorías de cualquier cosa que pudiese comerse y de conseguir la mejor manera de cobijarnos de las altas temperaturas, la gente sentía una necesidad de refugiarse en la narración, de distraerse. Mis oyentes adultos disfrutaban quizás recordando sus propias experiencias, pero a los niños la magia de lugares fantásticos que fueron reales los hacían soñar con ir a explorarlos a sabiendas de que era prácticamente imposible.
Contaba mis viajes, mi niñez, los estudios de ingeniera en mi patria el Perú y en los Estados Unidos. Contaba mi vida nómada, nunca me uní a una mujer, estuve con muchas y cada una llenó un espacio de mi ser. Narraba mis estadías en Roma con Adriana, la joven que tocaba bellamente el arpa en el castillo de Santo Ángelo y que me enseñó la eternidad de su ciudad. Hablaba de París, maravillado del desorden simétrico de sus calles y de Ginette enseñándome como la Ciudad Luz brillaba mágicamente en la madrugada. Relataba lo que experimenté en la explanada de las ruinas incas de Sacsayhuaman un atardecer, cuando giré sobre mí mismo impregnado de la luz del astro rey, sintiendo el regocijo de los espíritus de mis ancestros y más tarde caminaba por San Blas con Juliana compartiendo un solo poncho, olvidándonos del frío. Reseñaba mis visitas a Jerusalén cuando seguía las huellas de un Dios que se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios y mirando a los ojos de Hannah descubría los más de cinco milenios de su cultura. Mis oyentes sacaban en limpio al ver a su alrededor cómo la humanidad había hipotecado todos los años de su civilización de un plumazo y sin posibilidad de recuperarlos.
Contra todo pronóstico negativo nos pareció sentir que los días refrescaban un poco, es decir, estaba muy caliente, pero ya no calcinaba y no teníamos que refugiarnos tanto del sol alrededor del mediodía. Con otros profesionales que estaban en la comunidad dedujimos que al cesar de funcionar las fábricas por falta de combustibles fósiles al igual que los autos, aviones, barcos y demás vehículos habían bajado los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera y el planeta apelando a sus últimas defensas se estaba regenerando solo. El daño al ecosistema mundial como se lo conocía antes era irreversible, pero al menos daba la esperanza que los seres vivos que quedábamos nos las ingeniaríamos de alguna manera para ir tirando.
Durante los momentos de fatalismo extremo escribía un libro y esperaba fuera de los últimos de la historia de la humanidad, me comparaba a un capitán de barco que seguía escribiendo su bitácora sabiendo que, a su navío en llamas en medio del océano solo le quedaba unos momentos de existencia.
Me equivoqué, pues conforme pasaban los meses y luego los años el clima mejoraba y creo que este libro será uno de los primeros en una nueva era de la historia de la humanidad, en el estarán escenas de lo que fue un mundo maravilloso que cometió un error imperdonable. Quizás colabore a que nuestros descendientes no cometan el mismo error. Sí descendientes, mi hijo nació ayer, me uní a Theresa, las familias repoblaran la Tierra. En toda segunda oportunidad no se deben cometer los mismos errores.
Pablo D. Perleche
pablo@identidadlatina.com
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