11 de Setiembre: Recuerdo y Reflexión a 10 años de la barbarie contra la humanidad

Réquiem Latino, diez años después

Ya han pasado 10 años de aquel día en que la razón se perdió totalmente. Diecinueve musulmanes llevaron a cabo la mas artera y traicionera masacre contra la humanidad. Las Torres Gemelas, símbolos del progreso, junto con 3,000 inocentes de todas las etnias fueron borrados del mapa de la manera mas sangrienta y vil. No cabe duda que eso cambió, de una u otra manera, la vida de todos. IDENTIDAD LATINA, periódico que nació en Hartford meses antes, rinde homenaje a los caídos y sus familias y se suma a los homenajes y recuerdos de aquel hecho lamentable. Desde nuestra páginas siempre defenderemos la libertad de expresion, la libertad de pensamiento, la libertad de disentir y pensar distinto.

Crónicas y Fantasmas de la Tragedia del 9-11
Por: Medardo Arias Satizábal


El 14 de septiembre de hace 10 años, Matilde Ramos fue hasta la morgue designada por el Departamento para la Atención de Desastres de la ciudad de Nueva York. Le dijeron que ahí había aparecido el cadáver de un joven de unos 32 años, con tenis Reebok y una cadena con la efigie de un indio Sioux al cuello; nada quedaba de su rostro, pero estos podían ser suficientes indicios para identificar a Fernando Rosario, su hijo, mensajero de una conocida cadena de pizzerías de la ciudad.
“El salía muy temprano en las mañanas para hacer “deliveries” (entregas a domicilio), y estaba ahorrando para llevarme a pasar la Navidad en Puerto Rico. Ese día, el 11 de septiembre, me dijo “mami, si Dios quiere voy a poder llevarle el bate firmado por Martínez, a mi abuelo allá en Santurce”. También quería llevarle varias pelotas que había logrado recoger entre las que caen a las graderías del Yankee Stadium. Los pobladores de Santurce en Puerto Rico, como en otras provincias de la isla, son fanáticos del béisbol, y se hacen llamar “Cangrejeros”, en homenaje a una famosa divisa que distinguió este, hoy uno de los distritos más populosos del área metropolitana de San Juan.
Matilde fue llevada hasta un gran salón donde, alineados en distintos mostradores podía ver anillos de boda, bolsos, billeteras, relojes, prótesis dentales, pedazos de trajes, zapatos solitarios, maletines, trozos de cinturones. Ahogada por el llanto pasó la mirada sobre estos objetos grisáceos de polvo, en los que otros como ella trataban de adivinar algún signo para identificar a sus parientes. Pudo ver cómo una mujer tomó del mostrador un reloj, y sin esperar el permiso policial, lo estrechó contra su pecho al tiempo que daba gritos. Fue menester asistirla para su ataque de nervios.
Pero la visita a la morgue del día 14, nada le dijo acerca de Fernando; fue por ello que programó visitas a todos los hospitales de la ciudad, en compañía de sus vecinas puertorriqueñas de la Avenida Tremont, en el Bronx. Su hijo, como tantas otras víctimas, pertenece a la franja anónima y fantasmal de los que se “esfumaron”, de aquellos que no aparecen en la lista oficial, porque el gobierno federal no tiene indicios reales de su muerte. Estudios recientes explican que es difícil, sino imposible, tener indicios de la desaparición de algunas personas en el ataque criminal a las torres de Nueva York. Susan Calvert, de la Liga de Protección a Familiares de Desaparecidos el 11 de Septiembre, dijo al respecto: “Hay que tener en cuenta que el volumen de combustible derramado en las torres, permitió una conflagración que derritió el acero y colapsó las estructuras. Si esto ocurrió con el metal, es predecible pensar lo que aconteció con centenares de seres humanos que de pronto se vieron envueltos en ese infierno. Probablemente nunca sabremos de ellos…”.
Mientras tanto, Matilde va cada martes hasta la rotonda de la calle Greenwich, cercana al lugar donde quedó el World Trade Center, para encender una vela junto al altar con centenares de fotografías que claman, desde su silencio, por un lugar en el mundo.

“Lo han visto en el tren que va a Corona”
Rebeca Ferreira vino a Nueva York desde Oporto, Portugal, en 1975; su padre, José, zapatero de profesión, quería abrir un taller para reparar calzado en la zona de la avenida Elmhurst, en Queens, pero encontró que ese mercado estaba ya copado por remendones italianos y españoles. Fue entonces cuando decidió abrir una pequeña tasca en compañía de su hijo Joao, a quien envió al Community College a estudiar Cuidado de Niños.
Joao se destacó en ese trabajo para niños subdotados en Long Island y en la escuela cercana a la calle Lorimer, en Brooklyn, hasta que decidió retornar al negocio familiar. En esta parte de Queens, la sopa de bacalao de los Ferreira se acreditaba como algo de los mejor entre la comunidad hispana.
“Mi hermano nunca iba por los lados del World Trade Center; y siempre que tomaba las llaves del auto, nos decía qué ruta llevaba; normalmente iba hasta el muelle cercano al aeropuerto de La Guardia, para comprar pescado fresco, camarones y algo de langosta. Este tránsito también lo hacía en el tren. Nosotros no sabemos nada de él desde el 11 de septiembre de 2001, y ya en la familia lo damos por muerto, aunque algunos amigos aseguran que lo han visto en el tren que va a Corona. Tal vez se trata de alguien muy parecido a él. Mi padre piensa que si Joao fue a Portugal, ya lo sabríamos, porque nuestras tías ya nos hubieran informado. El era soltero, le gustaban los cigarrillos aromáticos y nunca dejaba de asistir a misa los domingos, al templo que está entre Astoria y Jacksonheights…”

Velorio para una corbata
Esteban Colón se hizo vendedor de seguros casi desde el instante en que vino desde Guánica, Puerto Rico, a Nueva York, a fines de los 80. Nada sabía de esta actividad, pues en su pueblo aprendió rudimentos de pesca, de la que vivió su familia, pero en Nueva York comprar un bote y hacerse a faena le significaba una inversión de más de US$5.000, dice su madre.
Tenía unos clientes en el piso 63 de la torre norte y el 11 de septiembre vistió su traje predilecto y una corbata de seda que había podido conseguir por unos pocos dólares entre el mercado persa de Canal Street. “A él le gustaba esa corbata, porque decía que le traía suerte. Verde, con elefantes yendo en varias direcciones”.
Entre los miles de dolientes que fueron a contemplar los mostradores de reconocimiento, Zulma Pérez se consideró afortunada. Junto a una navaja suiza y un llavero, debidamente etiquetados, encontró un pedazo de la corbata predilecta de su hijo. “Yo no sé, en realidad, si fue la de él”, dijo, “porque hay tantas corbatas, pero algo en el fondo me dijo que tenía ahí un pedacito de la vida de mi Esteban”.
Zulma organizó un velorio para el trozo de corbata el 16 de septiembre del 2001, cuando todavía en la ciudad sólo se escuchaba el ulular de las sirenas. Desde el Bronx, Brooklyn y Queens, vinieron sus amigas para rezar el rosario. Esteban no está en la lista oficial de víctimas; es probable que nunca más vuelva a aparecer por la puerta de su casa de Woodside, en la calle 61, con el maletín extenuado después de un día de trabajo, y tarareando alguna melodía del Gran Combo, su orquesta predilecta. Sólo su corbata quedó ahora en la memoria de los Colón y los Pérez como un brillo de luz perpetua.

Silencio y 300 gaitas
Times Square, donde el mundo chisporrotea en centenares de avisos, sobre una multitud que parece siempre en actitud fílmica, pareció morir el pasado año, pues otro filme, real y doloroso, empezó a rodar sobre las ruinas del Centro Mundial de Comercio al momento de recordar a las 2.801 personas (cifra oficial), asesinadas hace 10 años. Sólo el claxon de uno que otro carro y las fumarolas del tren en las calles, parecían dar cuenta de la vida en este lugar donde el abejeo humano alcanza niveles electrizantes.
Pero no; no era que la babel de los tiempos posmodernos había cancelado de pronto su ardoroso treno; eran las campanas de las iglesias echadas al vuelo para recordar, a las 8:46 de la mañana y posteriormente a las 9:03, a los misiles humanos disparados contra las torres que simbolizaron el poderío económico de la isla de Manhattan. Los hindúes que venden revistas y tabaco en los subterráneos del tren, guardaron silencio; también los vendedores de pretzels apagaron las hornillas y miraron hacia el lugar hoy rodeado por luces y estructuras metálicas, como si se tratara de una siderúrgica mortuoria, el “George Pompidou” de los difuntos. También los músicos que a esa hora se apresuraban por las calles Cortland y Chambers, se apearon junto a la “Zona Cero” para dejar sus bicicletas apoyadas contra los muros; contrabajos, trompetas y cornos en silencio.
Quizá estas mismas escenas se repitan en este septiembre, las vigilias frente a iglesias y parques. Quizá el momento más triste es cuando el viento del Hudson les recuerda a los neoyorquinos la cercanía del otoño; el huracán “Irene”, así como el reciente temblor, quedaron atrás y ahora la ciudad respira paz, una paz que quizá sea recordada otra vez por los gaiteros que interpretan frente al río “Yendo a casa”, de la sinfonía “Desde el nuevo mundo”, de Dvorak.
La marcialidad del acto entre la música y el silencio de las ruinas, en el tiempo exacto en que se cumplieron los ataques, hacen resonar otra vez las palabras de Abraham Lincoln, en su “Carta de Gettysburg”, en la que se recuerda que EE.UU., amparada por Dios, busca un nuevo camino de libertad.

El cadáver de un colombiano
La familia Gómez Piedrahita, de Cali, residente en Nueva York, tuvo también una sorpresa. Wilder Gómez, un caleño que vino a esta ciudad en busca de mejor futuro, encontró la muerte el 11 de septiembre de hace 10 años, mientras trabajaba en el restaurante “Windows on the world”, en la terraza de la torre sur. El impacto del primer avión encendió en llamas toda la parte superior del edificio y Wilder, a diferencia de otros trabajadores y visitantes que decidieron saltar al vacío, permaneció ahí hasta que la estructura se vino abajo. Su familia emprendió la búsqueda, como tantas otras, y al fin encontraron su cuerpo en una morgue, pero las autoridades federales rehusaron entregarlo hasta no demostrar plenamente, que quienes lo reclamaban, eran su verdadera familia. Para ello, su hija y su madre, María Piedrahita, fueron sometidas a exámenes de ADN, pero el pedido del cuerpo y los trámites, duraron exactamente 1 año. Su madre, María Piedrahita, dijo: “De todo el horror que hemos vivido, lo que más agradezco a Dios es que mi hijo apareció completo; su cuerpo estaba enterito. Creo que la Divina Providencia nos permitió esto, para poder enterrarlo y rezarle sus oraciones. Sé de muchas madres que sólo han podido hallar un brazo, una billetera, una corbata. Doy gracias a Dios por poder saber desde ahora dónde estará sepultado mi hijo”. Muchos miembros de la colonia colombiana y caleña, en particular, aquí, acompañaron los restos fúnebres de Wilder hasta la iglesia y luego en caravana al cementerio, un año después de la tragedia.

A diez años del ataque a las Torres Gemelas
Por: Armando Zarazú

Pareciera que fue ayer cuando una compañera de trabajo, cuya aula está frente a la mía, entró precipitadamente y con voz entrecortada, que denotaba un miedo terrible, me dijo tres escasas palabras: “Nos están atacando”. Todos en mi clase quedamos callados e inmediatamente fui a la computadora (los teléfonos celulares todavía no eran tan populares entre los estudiantes como ahora), y comprobé lo que mi colega decía. La insanía del terrorismo había llegado a tierras estadounidenses, cegando la vida de más de tres mil seres humanos, en ataques coordinados a las ciudades de Nueva York y Washington. Demás está decir que los estudiantes, con los cuales tuve que permanecer en el aula por casi tres horas hasta que llegara la autorización correspondiente para dejarlos salir, supieron comportarse y entender los terribles momentos que nos tocó vivir.
A partir de ese día, ahora ya lejano, 11 de Setiembre; el mundo se ha convertido en un lugar cada vez menos seguro, en donde la desconfianza es cosa de todos los días. Si Ud., querido lector ha viajado últimamente sabe de lo que estoy hablando. Hagamos votos para que nunca más ocurra algo parecido. Suficiente con lo que nos ha tocado ser testigos y que nuestros hijos hereden un mundo en el que la paz y no la guerra sea cosa de todos los días.

Medardo Arias Satizabal
medardoarias@yahoo.com

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